08 diciembre 2012

Lágrimas por el tiempo perdido


Hace ya más de un año y medio que me despedí de vosotros, queridos exploradores, para iniciar una nueva vida de silencio al abrigo de un sol que espero no deje de brillar nunca. Por entonces os decía que no sabía si aquel punto era un punto final, un punto y a parte, un punto y coma o, simplemente, puntos suspensivos... Os decía que me iba porque solo el abrigo del dolor puede inspirar cantos de bruja en la madrugada y este sol, que sigue iluminándome hoy, había por entonces logrado paliar los más importantes dolores de mi alma.

Pero, amigos míos, hoy regreso a vosotros para contaros que he descubierto que, en lo que a dolor se refiere, no existen nunca los puntos finales. Hay puntos a parte, que logran silenciar el murmullo de las ánimas durante siglos, aunque éstas sigan al otro lado de esa barrera emitiendo su quejido agónico que hemos decidido ignorar. Pero los puntos del dolor, los puntos a parte que colocamos ante las ánimas creyendo que serán puntos finales, acaban convirtiéndose siempre en puntos suspensivos... Pues más tarde o más temprano su quejido resuena nuevamente ante nosotros para recordarnos el tiempo, ese tiempo que no vuelve, el tiempo perdido que ningún conjuro del mundo puede recuperar.

Estos meses, exploradores, mi playa de luz se ha ido llenando de quejidos de ánimas, de fantasmas que regresan y otros que aparecen para ahogar en pena y en morriña el brillo de mi alma. Y hoy, mirando a través de mi caldero mágico, divisando las imágenes de lo que ocurría al otro lado de los puntos y a parte de mi vida, mi espíritu se retuerce dentro de mi cuerpo en la agonía de ese tiempo perdido que no regresará, en la profunda tristeza que produce el adjetivo mismo que describe a ese tiempo: perdido... y los puntos suspensivos que se tornan en puntos finales, pues tras ellos no hay regreso posible para recuperar ni un ápice de lo que se ha perdido.

Y, sí, ya sé que no estaba en mi mano formar parte de ese tiempo que no volverá. No me culpo. Pero duele. Miro las imágenes que no me pertenecieron y que tanto anhelo me provocan, inventando hechizos que me hagan hacerme presente en ellas, pero la realidad me devuelve una y otra vez la certeza de que ya, tras el adiós, tras el punto y a parte de aquellos puntos suspensivos que creí podría recuperar, solo puedo crear ilusiones, siluetas ficticias de una vida que no existe y que no existirá jamás.

Hoy exploradores, regreso a estas epístolas embrujadas no sé por cuanto tiempo. Regreso para verter sobre este mar que me ha abrigado siempre las lágrimas de sal que tan solo a él pertenecen, pues no puedo hacer con ellas nada mas que derramarlas y dejar que el sol seque sus surcos sobre mi rostro. Porque ya no hay nada, ni siquiera recuerdos. Ya solo hay añoranza de lo que nunca tuve. Y sí, esperanza, una mínima esperanza de que este descubrimiento y el destino me permitan no permanecer nunca más al otro lado, como un inútil punto y coma, de que de hoy en adelante no existan siquiera los puntos suspensivos... Que a partir de ahora, y en memoria de mis ánimas, no se genere ni un segundo más de tiempo perdido

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