24 abril 2008

El regreso del monstruo

Te conozco. Te conozco perfectamente. Sé a qué huelen tus noches amargas. Sé distinguir tu sigiloso caminar bajo el frío de las sábanas. Reconozco a la perfección el color de tus pupilas sedientas de ánimo.

Y no te voy a dejar. No. No te voy a permitir que de nuevo te apoderes de mi serenidad. No pienso consentir que tus garras sanguinarias hagan preso a mi corazón. No estoy dispuesta a rendirme sin luchar contra tu furia despiadada y tu desalmado caminar. Esta vez estoy preparada. Esta vez tengo pociones de sobra, armas suficientes escondidas bajo la almohada, para decirte que te vayas. Esta vez no voy a dejar siquiera que termines de salir de esa guarida maldita a la que te envié la última vez.

Bien es cierto que entonces contaba con un ejército a mi alrededor para apoyarme en mi lucha contra tu gigantesca destructividad. Es verdad que entonces no luchaba sola. Pero sí aprendí a luchar en aquella compañía. Aprendí que la técnica para que no crezcas como el infernal monstruo que eres, es no dejarte siquiera acercar tu hocico maloliente a mi rostro herido. Aprendí que son el temperamento templado, la racionalidad y la calma las únicas armas capaces de vencerte.

Y sé que conoces mis puntos débiles. Sé que sabes que mi ímpetu arrollador es tu mejor baza contra mis defensas. Sí. Soy un mar. Un mar lleno de corrientes que fluyen sin control posible ni concierto. Y es ahí donde radica tu fuerza, capaz de penetrar hasta las profundidades de mis cavernas marinas a base de colocar muros con los que se estampen mis olas intrépidas.

Pero ya soy consciente de ello. Lo soy más que nunca. Y la luna está lista para apoyar mis conjuros y parar el agua día y noche hasta que desaparezca el olor a ti que ha inundado mis noches. Porque no te quiero, porque te detesto, porque no eres más que un monstruo camuflado de melancólica inspiración que al mínimo descuido de mis desvelos teñirá de negro hasta el último átomo de mi alma.

Sí. Lo sé. De nuevo ha comenzado la guerra. Una guerra que esta vez libraré en solitario contra ti. Frente a frente. Cuerpo a cuerpo. Pero ten por seguro que todos mis años de agonía son suficiente motivo para estar absolutamente segura de mi victoria. Porque mi corazón aún conserva cicatrices y no pienso permitir que los cuchillos de tu incomprensión vuelvan a rozar siquiera su débil estructura.

Esta guerra, odiado ser, sólo puedo ganarla yo.

21 abril 2008

Herencia de súplicas

Cómo quisiera decirte que los sueños no se hicieron pesadillas aquella noche de verano. Cómo quisiera agarrarme a las arenas del tiempo y que dejaran de sonar las goteras en mi ventana. Pero hace tiempo que las olas se vuelven cada vez más grandes y que el viento de la noche enfría los huesos cuanto más me acerco a la orilla.

Sí. Estoy aquí. Y las nubes me recuerdan que un día las miré rogando esto. Pero yo no sabía que la calma se pagaba con silencios y con tardes de domingo sin abrigo. Yo no sabía que la noche se convierte en gigante cuando uno la mira a los ojos. Ni podía imaginarme que en mitad del vacío podían escucharse las gritos del pasado.

Y sí. Aquí estoy. Con el pelo haciendo ondas sobre este aire marino, mientras el púrpura plomizo de este cielo tan mío se mete por cada uno de los rincones de mi alma para teñir de lila mis pensamientos.

Aquí estoy ahora. Donde aquel fantasma pronosticó un día que me vería, pero sin la melodía de su voz en mis oídos. Conformándome con el repiquetear de sus cadenas sobre las rocas de nuestra playa. Conformándome con vivir lo que pedía, porque el destino me prohibió vivir lo que soñaba.

Y cómo quisiera decirte que los sueños no se hicieron pesadillas aquella noche de verano, pero lo cierto es que el despertar me escupió a la cara la condena de la memoria. Y en la memoria naufragarán por siempre las ansias de mi alma.

14 abril 2008

Añoranza

Comida para uno. Un plato, un tenedor, un yogur, una cuchara, una cerveza. Y Alanis Morrisette con una mano en el bolsillo y con la otra agitando un cigarrillo con descaro. Y la mente que se escapa por mi ventana y corre hasta la tuya, la de ayer, la que fue de dos. Y tus ojos enormes mirando la lámina en blanco, el carboncillo bailando en trazos de ensoñaciones, y los míos perdidos en musarañas mientras podían haberte estado mirando. Y comida para dos. ¿O era para tres? Dos platos, dos tenedores, una fuente enorme, dos yogures, dos plátanos, dos copitas de vino tinto. Y la siesta acurrucados mientras Triana se enamora de una gitana de ojos negros. Y no pensar demasiado porque el que no sufre no piensa. Y regresa mi mente y se despierta y me mira y se calla, porque es mejor no hablar para no convertir en reales los sentimientos. Ya llegará el mañana a asesinar esta añoranza.