04 marzo 2008

Playa llena, mas sin sirena

El tiempo ha pasado. Ha pasado en una brisa lenta pero intensa. Y aquí sigue mi casa, en pie y soportando la erosión de los días. Tres meses he tardado en decidir qué contar sobre esta playa. Porque estaba a verlas venir y las vi. Y vinieron grandes y pequeñas las olas de esta playa.

No puedo decir que todo sea felicidad después de estos tres meses, porque si la felicidad absoluta existiera no sabríamos de su existencia. Pero sí puedo decir que sigo aquí y ya es bastante. Y también que no estoy sola, que esta cala solitaria se ha llenado de repente con la luz de mil sonrisas. Que se fueron muchos y que duelen. Pero que llegaron otros que alegran los vacíos que aquellos dejaron en el corazón.

Describirlos a todos sería demasiado para una sola epístola de estas mías marinas. Pero os diré que no hay uno por el que no bendiga los designios de Neptuno. Un ratón muy juguetón, un perenquén de lo más salado, una gaviota llena de vida, un loro verde y parlanchín... No sabéis lo divertida que se ha vuelto la playa con todos ellos.

Como maestro de ceremonias, ocupando la piedra más alta de esta pequeña bahía, está el albatros. Un ave majestuosa que impone con su gran tamaño y porte, pero que suaviza su impresión con la gracia de su timbre dicharachero.

Sin embargo amigos, no puedo evitar sentir que me duele el salado corazón de bruja por la ausencia de otros. Especialmente de ella, sí. De la pequeña sirenita. Ella no quiso compartir playa con albatros, loros y gaviotas. Porque las aves no le gustan y menos cuando Neptuno decidió que tendría que ceder su piedra a uno de ellos.

Sí, ya sabemos que a ella tampoco le gustaba aquella piedra, que la veía muy alta y que odiaba tener que subirse a ella arrastrando por las rocas su preciosa cola dorada. Pero, no lo sé, porque tampoco las brujas lo sabemos todo como ella pretendía. Sólo sé que su canto se fue tornando triste, que su sonrisa se murió entre silencios y que, un día, sin decir siquiera adiós, se había ido para siempre.

Y bueno, así es la vida en esta playa. Unos que van y otros que llegan. Y ya os digo exploradores que no me quejo del brillo intenso que adquirido mi pequeña costa. Pero ni el canto grácil del albatros, ni la peculiar gracia del lorito parlanchín, ni siquiera los jugueteos entre las rocas del ratoncito y el perenquén, lograrán sustituir, al menos en mucho tiempo, el dulce y armonioso canto de la sirena.

1 comentario:

hechicera de luna dijo...

Me he perdido entre la melancolía de tus texto con mucho gusto, es hermoso.