22 febrero 2008

¡Qué pena!

En el fondo me das pena. No debería decirlo ni reconocerlo, pero lo cierto es que, en lo más profundo de mí misma, es la pena la que se conmueve con ese gesto de falsa soberbia ocultando bajo el rencor tu sentimiento de culpa.

Es quizás eso lo que diferencia una mente lúcida de otra mancillada por las incoherencias y los traumas. Es quizás por eso que yo ya camino en otro rumbo tan lejano al tuyo. Un rumbo en el que no caben las miradas socarradas, los ocultamientos, el orgullo, la falsa autosuficiencia…

Un rumbo en el que soy capaz de reconocer la debilidad como parte de la naturaleza humana y no como símbolo de inferioridad en la raza. Un rumbo en el que tú no podrás verte jamás andando porque no sabes siquiera de su existencia y menos aún de la posibilidad de llegar a él.

Por eso siento pena, porque en el fondo este tipo de amor no se borra ni con los peores golpes… Tan sólo se supera, se entiende, se asimila y se queda dormitando en las cavernas del recuerdo fortuito. Y desde esas cavernas regresa en instantes como éste, en estos momentos en que me miras con suficiencia y pedantería, con la media sonrisa cruzada por la amargura, en estos momentos en que me odias pero no puedes parar de mirarme porque en el fondo tampoco puedes evitar quererme. Y la amargura de dicha certeza nubla tu mirada convirtiéndola en rencor.

¡Qué duro ha de ser vivir con esos sentimientos entrecortándose en la garganta! ¡Qué duro ha de ser mirarme y hundirte en la batalla de quererme y odiarme al mismo tiempo! ¡Qué duro ha de ser sentir que tu odio ha levantado un muro infranqueable frente a ti y que jamás podrás seguir los impulsos de tu corazón y abrazar con fuerza a quien al fin y al cabo es sangre de tu sangre! ¡Qué soledad más grande debe sufrir en ese instante tu corazón! ¡Qué pena ser el único culpable de la propia desdicha!

¡Qué pena, padre, qué pena!

17 febrero 2008

Foto fija (2) - Las imágenes más amargas del álbum

La barra americana de la cocina, un pequeño y pesado taburete gris, una mandíbula apretada de rabia sin contención, ojos de fuego y, luego… el blanco, el rojo, el negro, el dolor, la humillación. Esa fue la primera.

En grande. Paredes blancas rematadas con losas marrones a ras de un suelo también marrón. Las patas negras de la cama sobresaliendo bajo las faldas del edredón blanco y rosa. Unas botas militares cerca, muy cerca, demasiado cerca. Las rodillas encogidas en el pecho y una lluvia intensa en la mirada suplicando perdón. Y la punzada en la barriga. Y rogarle a dios no despertar.

En una esquina escondida. Los peldaños paralelos de una escalera de metal oscuro. Los pies descalzos que se mueven sin andar. El pelo largo cayendo a mechones entre los dedos. Un grito amargo, sabor a sal, el gris del suelo frente a los ojos y una gota escarlata humedeciendo la realidad.

En sepia, roída por el tiempo. Un pasillo al amanecer, ella doblada sobre sí misma, con los ojos a punto de estallar. Las manos de él sobre su cabeza, tirando con fuerza de su cabello. La niebla en la mirada incrédula y desvalida. Y unas manos pequeñas alzadas al aire. ¡Para, papá! Allí empezó todo.