¿En qué cima fijaré ahora mi meta? ¿Hacia qué horizonte debo cabalgar?

Hoy, de nuevo, las lágrimas me queman los párpados por dentro, hirviendo de ganas de zafarse del hermetismo de hielo logrado tras años de fría resignación. Mi corazón se aburre en un bostezo, sin fuerzas suficientes para otra vez partirse en dos.

¿Cuántas veces más tendré que mudar las pasiones? ¿Cuántas veces se puede reescribir la propia historia sin que se desgasten los papeles del destino a borrones?

Hoy, de nuevo, miro el tiempo en la distancia. Observo la humareda de mil hogueras que creí eternas, apagadas con la lluvia del destino o de la suerte. ¿Cuántos incendios puede soportar un solo bosque antes de perder el verde de su esperanza?

Hoy, todos los sueños rotos, los besos olvidados, los abrazos al viento, los "te quiero" malheridos, me miran con ojos de amargura, preguntándome cuántas caricias más quedarán huérfanas y abandonadas en el asilo de los recuerdos amargos.

Giro sobre mí misma. Una vez y otra, y otra más. Miro el paisaje y sólo hay humo, sólo hay niebla húmeda, sólo hay frío y desganas.

Tan sólo una hoguera permanece encendida. La única que supe siempre realmente eterna, la única realmente inalcanzable, la única incapaz de dar calor alguno ya.

Sí, esa hoguera azul llena de brillo, que permanece inmovil en la oscuridad insondable, como una estrella en el firmamento: igual de bella, igual de inalcanzable.

Un día juré abrazarla sólo a ella. Para mi desdicha, lo cumplí. Un día pedí a todos los elementos que el tiempo se parara para siempre en su cintura, y me lo concedieron.

Hoy, viajo encadenada aún a su cuerpo, siguiendo la senda de su fugaz y estelar locura, sabiendo que mi barco de vela hecha jirones viajará etermanemente por estas aguas de inmensa soledad, incapaz de alcanzar algún día puerto alguno.

Porque no existen carteles en los caminos del océano, porque no hay ruta fijada en el devenir de los días, porque no hay más rumbo que el que dictan las olas, meciéndome caprichosas de la nada al más allá.