Mi nombre es Zz. Sí, como el viento cuando se cuela por las rendijas de la ventana. "Zz", le escucho que me llama. Le llevo escuchando años llamarme a escondidas durante la noche. Me pide que salte, que vuele con él entre las nubes y me llene de su aroma de plenitud.

Me cuenta historias de mundos extraños, de mares inmensos, de ríos de vida desbordándose en grandes valles y saltando enormes cascadas de vértigo. Me cuenta que las ballenas cantan en las noches de luna y que la nieve brilla con el sol de la mañana en la cumbre de las montañas.

Pero yo no puedo verlo.

Por mucho que lucho no logro salir de aquí, de esta cárcel con cadenas en la que me hallo. Salto, chillo, lloro y pataleo, pero sus muros parecen hechos de acero la mayoría del tiempo.

Otras veces, sin embargo, se vuelven de látex, y puedo estirar los brazos y casi tocar la vida, veo la luz del sol y escucho la música del mundo que no alcanzo.

Pero, enseguida siento como se revuelve mi carcelera atemorizada por la idea de dejarme escapar. Y de nuevo las paredes de mi encierro me oprimen y me sumergen en la más cruel oscuridad.

Han pasado ya tantos años desde la última vez que respiré el aroma del mundo... Ella no me deja. No porque no quiera, sino porque es su obligación oprimirme y olvidarme en el fondo de este zulo.

Está obligada a mantenerme oculta porque así se lo exigen los que la aman y no hay mayor autoridad que la que ejerce el temor a no ser amados, el temor a sentirnos solos, abandonados, diferentes...

Ella odia la soledad, tiene pavor al qué dirán, a ser señalada y marginada. Por eso me encierra y encadena de este modo, porque mostrarme al mundo sería su fin, porque si me dejara libre se rompería en mil pedazos el castillo de cristal que ha construido a su alrededor para poder mirar la sonrisa de los suyos sentada en su trono de hojalata.

Pero ella me quiere. A pesar de sus miedos y de toda su dureza, me quiere. Y le duele ver cómo me apago en su interior como una vela sin oxígeno.

Por eso, a veces, me abre las ventanas y deja que el viento cante mi nombre en la penumbra. Porque ella tampoco quiere que muera de hambre y pena en este oscuro agujero de su corazón.

Si supiera cuánta pena siento yo también por ella. Si supiera cómo me duele el frío de las paredes de su castillo, el sueño de sus horas de rutina, la tristeza de su tocadiscos vacío.

Pero, ya no puedo más. Me falta el aire. Me asfixio. Me muero. Necesito salir como sea de este encierro, necesito gritar, llorar, reír, vivir... Necesito volar sobre el viento y ver las montañas nevadas y escuchar a las ballenas y bañarme con las estrellas...

¿Cuánto tiempo más aguantaré la tortura de este silencio opresor?

Si alguien me escucha, que grite mi nombre: ZzZz... y el viento le traerá hasta mí. Quizás tú logres sacarme de aquí...