Hoy la luna ha venido a vistarme. Zarandeó ociosa el barco de mis sueños para despertar sin previo aviso a los duendes de mi alma. ¡Lunáticos duendes! ¡Qué tortura! Les basta ver la sonrisa desumbrante de Selene para querer perderse en un vuelo sin destino.

Vuelan por vicio, por mera distracción, convirtiendo mi calma chicha en un lúdico desvarío de sensaciones. Y mi alma no está ya para estos trotes.

Me ha costado tanto refrenar el insensato cabalgar de este potro desvocado de mi interior, para que en una sola noche la maga blanca del firmamento se dé el lujo de alterarme los sentidos.

Sí, ya sé que se me ha apagado el brillo; sí, ya sé que he cambiado periquitos y alegres florecillas junto al río del desenfreno por un buho noctámbulo y austero dormitando en las ramas de un roble mudo y centenario, que ensancha sus raíces junto a un lago inamobible.

Sí, lo sé, ya sé que hace tiempo que no se oyen campanillas, que la hoguera se ha vuelto brasas y no chisporretean sus lenguas en el aire. Ya sé que se han muerto las alondras, lo sé. Pero tú sabes, linda Selene, que debe ser así. Tú sabes que no hay otro camino para encauzar esta alma errante. Sí, tú sabes que me pierdo entre las nubes, que necesito que mis pies se arrastren por la arena, porque aún el vuelo bajo desbarata mi equilibrio.

Déjalos, por piedad, déjalos en paz, oh diosa de sensual hermusura, déjalos que duerman apacibles el largo sueño del olvido...