Yo lo sabía. Sabía que era peligroso cantar a las sirenas, sabía cómo la vanidad e insensatez de sus despreocupadas existencias podían hacer zozobrar a los buques más inamovibles.

Lo sabía y aún así le canté. Le canté un día y al siguiente, y le seguí cantando embrujada por sus grandes ojos de coral, con el corazón exaltado de saber apreciada mi melodía.

Pero, la paz de las sirenas es tan frágil como la estructura de una pompa de jabón y, tarde o temprano, iba a llegar el día en que mi voz no pudiese contentar un alma tan volátil.

Ahora paso el día y la noche encerrada en mi casa de lava. Con los oídos puestos en cada una de las notas que destilan en su voz las ansias de venganza.

Oigo a los delfines llorar con el frío de su canto amargo y a los cangrejos correr aterrorizados por encima de las rocas.

Quizás la mañana llegue con lluvia, una lluvia mansa de esas que no enfrían, que quizás consiga aplacar el fuego de su ira. Quizás entonces se calme su estruendo y vuelva a cantar himnos de alegría.

Entretanto espero sentada en mi alfombra, a la luz y el calor que desprende mi hogar, con la pluma en la mano y el papel arrugado, inventando conjuros que la consigan calmar...