02 noviembre 2006

Ya ha asomado el hocico...

Al fin ha tomado forma. Llevaba tiempo esperando saber en qué se transformaría aquel huevo dorado que llegó hasta mi cala unos meses atrás. Era grande y brillante cuando el mar lo arrastró a la orilla. Tenía pinta de ser la casita prenatal de algún precioso ser.

Cuando llegó estaba a punto de romperse, pero como no sabía si se trataba de un futuro retoño de mar o de tierra no sabía muy bien como debía cuidarlo. Aún así me propuse hacerlo. Lo lleve hasta mi casita de piedra volcánica, le limpié la arena con mimo e hice un lecho con mantas junto a la chimenéa para calentarlo a modo de incuvadora.

Entonces me pasé horas frente a él observándolo. Tratando de percibir el más mínimo movimiento en su interior, la más leve transformación en estructura. Pasaron horas antes de que algo ocurriera. Me inquietaba la incertidumbre de saber si estaba haciendo lo correcto, temerosa de asfixiarlo entre las mantas o cocinarlo con la cercanía de la hoguera.

Finalmente me acerqué hasta él y coloqué mi oreja sobre su superficie rugosa y extraña. Presté mucha atención durante varios minutos buscando algún resquicio de vida en su interior. Hasta que al fin se presentó, un leve suspiro resonó dentro del cascarón. Era como un suspiro perruno, claro que los perros no son ovíparos, así que no podía ser...

Me quedé intrigada, no lo niego, pero a pesar de todo me tranquilizó aquel resoplido casi mudo en su interior. Si respiraba estaba bien.

Cuando llegó la noche cogí el huevito dorado y me lo llevé a mi habitación. Lo coloqué sobre un cojín muy mullido y lo envolví con varias mantas para que no perdiera el calor.

Así estuve durante varios días, con el huevo para un lado y para otro, dándole calor, mimándolo, al final hasta le hablaba y le contaba cosas como hacen los padres en las barriguitas de las madres embarazadas. Trataba de imaginarme cómo sería, qué tipo de animalillo sería, pensaba en un gorrión, pero el huevo era demasiado grande; pensaba en una paloma, pero no recordaba que sus huevos fueran dorados... Imaginaba mil animalillos inventados.

Hasta que al fin un día, mientras yacía reposado sobre un gran almohadón frente a la chimenea vi como empezaba a romperse el cascarón. Me acerqué ilusionada a presenciar el espectáculo. El huevo se fue resquebrajando poco a poco y algo se movía desde el interior.

Pasaron varios minutos hasta que, al fin, vi como asomaba algo a través de los trocitos rotos del huevo dorado. Primero me pareció que era un pico, un pico negro lleno de pelitos que picoteaba las paredes de su encubadora particular para abrirse paso en el mundo y dar esperanza y compañía a mis solitario reposo. Pero a medida que iba empujando se iba haciendo más y más largo. Entonces me di cuenta de que no era un pico. Parecía más bien una patita, una patita negra con pelos pequeños. Acerqué mi mano para acariciarla, pero se replegó sobre sí misma y ya no volvió a salir.

Decidí dejarlo tranquilo, darle tiempo a que naciera en libertad, sintiendo que le apoyaba en aquel gran momento. Así que me tumbé en el sofá a esperar y observar su nacimiento.
 

No sé en qué momento del proceso me quedé dormida, sólo recuerdo que por entonces tendría como mucho dos patitas fuera del cascarón. Cuando abrí los ojos entusiasmada por conocer a mi nuevo amigo, miré hacia la lumbre buscándolo con la mirada. Pero, no estaba. Sólo quedaban sobre el almohadón los trozos de huevo dorado desperdigados por todos lados. Miré por toda la habitación buscándolo, pero no lo encontraba.

Estaba a punto de darme por vencida, pensando que se habría ido del mismo modo en que llegó, sin dejarme saludarlo.

Pero, de repente escuché un crujir sobre mi cabeza. Miré al techo y allí estaba. ¡Dios mío! ¡Qué espanto! Era una enorme, peluda y negra araña gigante. Bueno, no era gigante, pero sí grande, muy grande, la más grande que había visto en mi vida. Miré horrorizada a su alrededor y descubrí cómo había construido una gran tela de araña que recubría todo el techo de mi casita y amenazaba con empezar a invadir las paredes.

Estaba empezando a oscurecer y entre los nervios y el desconcierto me costaba ver y pensar con claridad, así que traté de encender la luz para ubicarla con más presición y poder vigilar sus movimientos. Pero no sirvió de nada. La tela de araña que había trenzado era tan espesa que la luz a penas podía traspasarla para iluminar la habitación.

Había esperado ilusionada tantos días por mi nuevo compañero que el mazazo se hizo más duro de lo que ya hubiera sido de por sí encontrarme con semejante engendro. Una gran prueba para mi aracnofobia, sin duda.

Y aquí estoy, con el bicho colgado en mi techo. Ya se ha comido todos los insectos que se le han cruzado en el camino y empieza a extender peligrosamente su dominio sobre mi despensa. Mientras, yo llevo varios días acurrucada en una esquina del salón observando cada uno de sus movimientos.
He pensado mucho mientras la miraba.

El pavor inicial pareció mitigarse cuando la vi acurrucarse en el centro de su telita y dormirse tiernamente. Al fin y al cabo la había cuidado como una hija hasta que nació, pobrecilla, tampoco podía deshacerme de ella de la noche a la mañana. Pero, entonces se despertaba y la veía avalanzarse sobre los pobres grillos que se colaban por la ventana o sobre las polillas de las vigas de madera, transformándose en una bestia insensible y despiadada.

Pero, ¿qué podía hacer? Mi asco y mi miedo me impiden siquiera acercarme a ella, que más enfrentarla...

Le he puesto nombre: Tolete, porque a veces es torpe como un pato mareado y se tropieza con sus propios hilos y se cae estrepitosamente al suelo, pero otras es hábil y calculadora como un lince y mide al milímetro cada movimiento para avalanzarse sobre sus víctimas.

Así que aquí estoy, con mi araña Tolete colgada de la lámpara, sin luz y acobardada por sus ojos negros y sus patas peludas. Ha acorralado mi despensa y se aproxima peligrosamente a mi nevera de gas. Pero ya he tomado una determinación, o se deja adiestrar o nos acabaremos matando y, al fin y al cabo, la casa es mía y tengo insecticidas. Si me atrevo a moverme puede salir perdiendo, pero si me pilla desprevenida quién sabe lo potente que puede llegar a ser su veneno. Esto es una guerra de titanes, sin duda, sólo el tiempo dirá quién gana.

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