Me encantan los aeropuertos. Supongo que suena extraño, la mayoría de la gente odia los aeropuertos y los aviones. Probablemente sea por el miedo a volar: la gente llega a los aeropuertos estresada y agobiada y por eso está de mal humor. No es mi caso. A mí me relajan los aeropuertos, pasear por ellos, mirar sus tiendas dutty free siempre tan bonitas, llenas de objetos curiosos. Me encanta el ambiente, su olor mezcla de detergente, plástico y papel. Me encanta mirar los libros a la venta en los kioscos de aeropuerto. Y me encanta hacerlo sola.

Me gusta llegar con tiempo, facturar las maletas con tranquilidad, cruzar el control policial y tomarme mi tiempo para pasear por él, entrar en las tiendas, curiosear todos los objetos, leer las sinopsis de los libros - siempre acabo comprándome alguno -.

Luego me siento en una confortable cafetería y pido una cocacola, un café o una cerveza (depende del día y de la euforia que me invada), tal vez algo para picar... y me relajo leyendo mi, a menudo, nueva adquisición literaria, mientras escucho mi música para los viajes en el mp3. Dejo correr el tiempo con tranquilidad, con una oreja puesta en mi música y lo otra en las llamadas por el altavoz.

A veces cierro el libro un rato y me entretengo observando a los viajeros: familias con niños que tratan de mantenerlos a todos bajo control al tiempo que están pendientes de la megafonía, buscan la puerta de embarque y vigilan las maletas; un equipo de baloncesto femenino camina con desgana, todas vestidas con el mismo chándal y la misma camiseta, siguiendo los pasos del entrenador, que se gira cada cinco segundos para comprobar que así es; empresarios enchaquetados con el maletín del ordenador portátil en una mano (sustituyendo al ya desfasado portafolios tradicional) y el asa de sus pequeñas maletas con ruedas, aptas para viajes de negocio rápidos, en la otra mano...

Así suelo pasar los minutos y las horas, esperando sin prisas el anuncio de mi vuelo. Normalmente no me levanto de mi relajante refugio hasta que no dicen eso de "última llamada" porque la experiencia me ha demostrado que hasta la segunda "última llamada" no se ha empezado a disolver la cola en la puerta de embarque. Así que cuando la escucho por primera vez me empiezo a levantar, guardo con cuidado todas mis pertenencias, teniendo cuidado de dejar lo más a mano posible el DNI y la tarjeta de embarque. Entonces me encamino hacia la puerta correspondiente, disfrutando de los últimos minutos en el lugar, respirando su olor por última vez antes de embarcar.

Cuando llego a la puerta ya suena el segundo aviso y la fila de entrada al avión está casi totalmente despejada, con sólo dos o tres pasajeros por entrar. Me encanta mirar a las azafatas de tierra, que te piden la tarjeta de embarque, siempre tan sonrientes y tan bien peinadas y maquilladas; así como las de vuelo, tan altas y elegantes, con sus uniformes de azafatas tan bien planchados. El nuevo uniforme de Air Europa es chulísimo, pueden llevar falda o pantalón vaquero, chaqueta vaquera con el logotipo de la compañía y jersey azul si lo prefieren, la camisa o camiseta es a rayitas blancas rojas y azules para las chicas y blancas y abotonadas para los chicos; ellas además llevan a veces un pañuelito azul y rojo anudado en el cuello y siempre van perfectamente conjuntadas con los complementos, pendientes, pulseras, pasadores del pelo... Se cuida hasta el más mínimo detalle.

Lo que no sabe mucha gente es que es así porque la compañía se encarga de ello expresamente. Los trabajadores de Air Europa, sobre todo las trabajadoras, reciben, junto con la copia de su contrato, todo lo que necesitan ponerse en su puesto de trabajo. Pero, no sólo las prendas de vestir: el uniforme incluye todos los enseres antes mencionados y más aún: pulseras, pendientes, coleteros, pasadores, zapatos y hasta las medias... Sí, yo también aluciné cuando los supe. Desde entonces les miro con más detenimiento aún que antes, para comprobar las similitudes en los atuendos de unas y otras.

Una vez en el avión siempre encuentro mi asiento rápidamente, ya que, como he esperado hasta el último instante para entrar, la mayoría de la gente está ya sentada y no hay atasco en el pasillo. Siempre viajo con asiento de ventanilla, al menos siempre que puedo. Suelo especificarlo con la reserva para no tener problemas y que me lo guarden siempre que la compañía lo permite - Spanair es la reina en ese tipo de detalles -. A veces incluso tengo suerte y el avión va lo bastante vacío (cosa que sé con bastante acierto al entrar de las últimas en él) para encontrar filas con tres asientos libres. Entonces paso de mi asiento y ocupo esos que no van a ser para ningún otro cliente porque ya han entrado todos. Otras veces he tenido más suerte aún y me he encontrado con que era la fila de mi propio asiento la que dejaba libre los otros dos.

Es estupendo en esos casos porque puedes levantar los reposabrazos centrales y estirarte a todo lo largo de las tres plazas. Mucha gente no lo sabe pero te dejan hacerlo incluso antes de despegar el avión. Yo suelo pedir una mantita y una almohada, me quito los zapatos (cosa que es muy sana porque los pies en los aviones se hinchan y sacar los zapatos previene el síndrome de la clase turista), levanto los reposabrazos y me tumbo a todo lo largo. Entonces, estiro el cinturón al máximo y me lo abrocho de manera que queda lo suficientemente largo para poder estar tumbada y moverte con libertad, sin que la azafata me llame la atención por no llevarlo.

El momento del despegue es otro de mis momentos favoritos en los viajes. Con la música puesta a todo volumen, me suelo tumbar de lado para mirar por la ventana mientras el avión se eleva. En ese momento siento como la propulsión me empuja hacia abajo y me deja, más que pegada al asiento, sumergida en él. La cabeza empieza a notar la presión y el corazón se acelera levemente, lo que mezclado con el sonido de mis canciones consigue un efecto místico de estar accediendo a otro plano de conciencia misterioso y placentero. Entonces me relajo y disfruto de las sensaciones, la música y los recuerdos haciendo un torbellino en mi interior. No creo que un chute de heroína ni una calada de marihuana consigan un efecto tan profundo.

En ese momento suelen aparecer millones de imágenes en mi mente, escenas del pasado, rostros de personas a las que, en la mayoría de los casos, he dejado en el camino en contra de mi voluntad y mis deseos; momentos vividos, recuerdos de otros viajes en los que alguien especial me acompañaba o me esperaba en mi destino. Son instantes en los que una extrañamente apacible y feliz melancolía se apodera de mí y me acompaña durante varios minutos; a veces incluso durante todo el viaje.

Influida por esa sensación de misticismo, una vez en los aires, a menudo imagino que el avión se vuelve de cristal, o desaparece incluso, y allí me quedo yo, flotando a nueve mil metros de altura, rodeada por las nubes, al abrigo del sol y el azul del cielo; o al de las estrellas cuando viajo de noche. Otras veces, sin embargo, me veo a mí misma saltando desde mi asiento y cayendo en picado hacia el mar, en un salto del ángel tan perfecto como imaginario, que concluye con mi cuerpo sumergiéndose mansamente en el mar, que me abraza cálido y en calma.

Así suelo pasar la mayor parte de mi estancia en las alturas, sumergida en ensoñaciones imposibles y mágicas. Aunque, aún así, siempre tengo unos minutos para degustar un buen sandwich (que últimamente tengo que llevarme de casa a causa de esa dichosa manía de las compañías aéreas de ya no servir comida en los vuelos a no ser los insípidos bocadillos por los que te cobran un riñón) y hasta echarme una siestita.

Cuando intuyo (y digo intuyo porque nunca llevo reloj más que el del móvil que tiene que permanecer apagado, con lo que me es imposible saber con certeza cuanto tiempo llevamos en el aire) que estamos cerca de aterrizar, me levanto y me dirijo al baño con mi neceser. Allí me lavo la cara y los dientes, me pongo crema, me maquillo y me perfumo convenientemente para estar perfecta al bajarme del avión. Es otro de mis momentos especiales el de prepararme para llegar a mi destino, el de sentirme limpia y guapa cuando salga por la puerta de llegadas, incluso cuando sé que no hay nadie esperando al otro lado.

Suelo acertar y el mensaje de aproximamiento al aeropuerto y la señal luminosa para abrocharnos los cinturones me suele pillar en mi última fase de acicalamiento en el baño. Entonces cierro mi neceser y me dirijo tambaleante a mi asiento, me abrocho el cinturón, esta vez ya sentada, y me dispongo a disfrutar de las vistas.

Cuando viajo a un sitio nuevo trato de llenarme los ojos con los paisajes aéreos, trato de grabarlos en mi memoria para luego intentar reconocerlos desde el suelo. Sin embargo, no hay nada más emocionante que viajar a un lugar conocido y reconocer en el descenso los espacios que nos pertenecen, sobre todo si el viaje es a mi tierra. Entonces, disfruto de la emoción de ver al Teide nacer majestuoso de entre las nubes, como si creciera sobre ellas en el mismísimo cielo. Luego aparecen los montes de Anaga, verdes e imponentes, y los grandes acantilados sobre el mar desafiando al equilibrio y al universo. Después disfruto de reconocer las calles de Santa Cruz y La Laguna, los edificios de los amigos, mis viejas moradas cargadas de recuerdos. Todo dura unos instantes pero impresiona durante horas.

El aterrizaje suele ser menos placentero que el despegue, al menos para mí. No sólo porque no es tan suave y armonioso, sino también porque se termina el disfrute de la plenitud del cielo. Lo que sigue suele ser más bien engorroso: llegar hasta la sala de recogida de equipajes, pelearme con un carro para conseguir despegarlo del resto de carros de la fila, a los que más que emparejado parece estar atornillado; esperar una eternidad a que mis maletas se dignen a aparecer (da igual que las facture las primeras, las últimas o en medio, o que sean maletas grandes, pequeñas o medianas: las mías sieeeempre salen la últimas), con el nudo en el estómago y el runrun en la cabeza - "y si esta vez sí me las han extraviado" - (lo cierto es que nunca me ha pasado, pero sé que algún día será el día y lo espero con angustia).

Cuando por fin aparecen mis maletas, la agarro firmemente, las coloco sobre el carro y me dirijo a la salida, expectante y atenta a lo que me espera al otro lado; pero, sobre todo, ansiosa por volver de nuevo a sentir el olor del aeropuerto, la paz de sus pasillos, el asombro de sus tiendecitas, la curiosidad de sus libros y el relax y la ilusión de volver a volar sea cual sea mi destino.