Hace poco vi de cerca a la reina de las sirenas. Estaba allí, magestuosa, sentada sobre una roca en mitad de la bahía. Es tan bella, tan misteriosa, tan atractiva... tan peligrosa... Los habitantes de los mares le temen sobre a todas las cosas y no niego que yo misma tiemblo de pavor ante el más bello de sus cantos. Su poder sobre los reinos marinos es absoluto, pues el mismísimo Neptuno cae rendido a sus caprichos con sólo un vistazo a su sonrisa magnética.

Ella es voluble como el mar que la arropa. Puede estar cantando himnos de esperanza y al segundo siguiente hacer encallar a mil barcos pirata con el sonido de su voz.

Muchas fábulas aseguran erróneas que sus peligrosos cantos afectan sólo a los marineros. Muy pocos están al corriente de que los compases de sus melodías marcan el baile continuo de todos los océanos. Sus risas son órdenes sobre los delfines; sus lágrimas, la ruta de los grandes barcos; su furia, el hambre de los tiburones... Por ello, es odiada y adorada por igual por todos los seres que pueblan su reino.

Al verla allí, tan deslumbrante, tan bella, no pude evitar admirarla en silencio, manteniendo en un equilibrio tambaleante mi devoción y mi miedo. Sin darme apenas cuenta, me vi sentada en la orilla de mi cala, entonando imprudentes melodías que atrajeran su sonrisa. Primero fueron tímidas notas lanzadas al aire con disimulo, vigilando que los moradores del mar no descubrieran mi atrevimiento.

Ella me correspondío con susurros y poco a poco el viento fue dibujando ritmos de ida y vuelta entre su roca y mi arena. No sé en que momento perdí la conciencia de mi alrededor y me dejé llevar por aquel baile de sueños, desafiando a los mares eternos y a las nubes y al mismo cielo.

¿Se dio cuenta alguien?

Lo cierto es que desde entonces no puedo evitar esperarla noche tras noche para escuchar su voz melódica cautivando mis sentidos. Es así como logra manipular a todos los elementos a su antojo, es así como ha logrado labrar su fama de peligrosa y eterna belleza marina.

Aunque trato de aplacarlo con sensatez, mi corazón de bruja retumba en mi pecho ansioso por conocer cuantos secretos pueda la gran maga obsequiarle, sin que mis advertencias sobre la imprudencia de tal atrevimiento surtan efecto. El peligro se huele, no sólo por las suspicacias que pueda generar mi acercamiento a la diosa pez en mis vecinos marinos, sino porque es sabido que una nota más alta que la otra pronunciada por su suave y armónica voz puede hacerme encallar en un arrecife de desgracias para toda la eternidad.

Sin embargo, aquí sigo, sentada en la bahía, esperando con impaciencia volver a ver el brillo de su cola plateada salpicar de espuma las rocas de mis sueños más ambiciosos. Espero que nunca sepa cuanto quisiera convertirme en ella...