Hoy te he vuelto a ver. Sí, estabas allí, en millones de papeles arrugados, en imágenes descoloridas de mi cabeza, en canciones sepultadas en mis sueños, en el fondo más oscuro y escondido de mi corazón. Sin querer miré y seguías allí, acurrucado, silencioso, paciente, esperando que volviese a recordarte. Y lo hice, te recordé. Hice jirones de mi piel para pintar tu rostro sobre el aire y dejé que cantaran las gaviotas las melodías que nos hicieron uno. Y lloré, como lloro siempre que recuerdo que no te tengo, como lloro siempre que reconozco que vuelas escondido entre el viento, tan presente e inalcanzable al mismo tiempo. Y dejé que mi corazón palpitara frenético, atemorizado, dolido, destrozado, necesitándote y sabiéndote más imposible de lo que nunca pensó. Tenías razón, las latas no atraviesan las paredes. ¿Cómo sabiéndolo con tan misteriosa certeza fuimos incapaces de aceptarlo mientras no fue una palpable realidad? ¿Qué se esconde tras aquella pasión magnética que nos arrolló y arrastró hasta el fondo de un abismo insondable en el que tan sólo tú y yo éramos verdad? ¿Volveremos a sentirlo? ¿Volveremos a vernos? Sí. Lo sé. Como siempre supe que te perdería de este modo, de ese mismo modo sé que te volveré a encontrar y que todo volverá a empezar y que de nuevo tendremos que luchar por conseguirlo. Lo sé porque me duele el alma, me abrasa el alma, cuando pienso en ti, cuando te siento aquí, como una sombra que me rodea y me aprieta con el puño el corazón hasta hacerlo perder el sentido. Por eso sé que estás, sin donde ni cuando ni como, pero estás, y a ese mismo estar sin tiempo ni espacio volará mi alma en tu busca cuando también para mí dejen de contar las horas. Hasta entonces, amor.