25 noviembre 2006

Acción de Gracias

El pasado jueves se celebró en gran parte del mundo, sobre todo del anglosajón, el día de Acción de Gracias, uno de esos días de festividad inventada que los grandes centros comerciales, principalmente los americanos, aprovechan para hacer el agosto. Nunca he sido partidaria de estos días frívolos que acogen una buena causa como eslogan para aumentar ventas y mantener mansos a los corderos sociales.
Sin embargo, considero que este tipo de días sí pueden tener un aprovechamiento útil si nos embarcamos en la dura tarea de hacer análisis de conciencias y de descubrir y trasmitir todas esas realidades subjetivas que bullen en nuestro interior, relegadas en el día a día al plano del sentimentalismo y pisoteadas por otras realidades más objetivas, pero no por ello más importantes.
Es posible que si encauzamos estos días inventados hacia un fin menos materialista del habitual, podamos rescatarlos de su frivolidad para dotarlos del significado que, en el camino o en su propia creación incluso, parece haberse perdido.

El significado profundo del día de Acción de Gracias deslumbra desde la propia palabra que lo nombra: GRACIAS. Esa palabra a menudo tan olvidada y pisoteada por intereses materiales que llega a convertirse en instrumento de la conveniencia.

Mucha gente dice "gracias" incluso cuando no tiene nada que agradecer o cuando no siente realmente gratitud, simplemente porque necesita conseguir algo del destinatario de la misma. Otros la usan como simple coletilla tras una petición, como una fórmula de corrección lingüística y de educación social. Pero rara vez escuchamos un verdadero "gracias" del corazón, ése que realmente surge del sentimiento de gratitud, del deseo de correspondencia a un bien que nos ha sido dado, a una felicidad que se nos ha servido...

Yo quiero hoy desinstrumentalizar el 'gracias' y hacer que brille en lo alto del firmamento como la estrella que debe guiar mi camino, la estrella de la Gratitud. Porque siempre sobran los motivos para dar las gracias, motivos que el ser urbano en el que nos hemos convertido habitualmente pasa por alto, ante la petulancia de otros motivos mucho más prosaicos.

Yo quiero de verdad dar las gracias. Dar las gracias a los baches que me ha puesto la vida en el camino para hacer rebotar a mi espíritu contra el suelo y descubrir en cada golpe una prueba de fortaleza. Quiero dar las gracias a los malos momentos, por despertar la belleza y la grandeza de los buenos; a las pérdidas dolorosas, por demostrarme el verdadero y profundo valor de lo logrado; a las lágrimas, porque sus surcos me recuerdan frente al espejo cada mañana lo agradable que es sonreír...

A los proyectos abortados, a los sueños rotos, a los amores frustrados y dolorosos, a mis almohadas mojadas por el llanto, a las personas perdidas en el camino, a los días grises y faltos de fe, debo darles las gracias por atornillar mis pies a la tierra, por descubrirme que el fondo del pozo es el lugar perfecto para empezar a escalar. Por darme bofetadas de realidad que me descubrieron el valor de ser querido sin condiciones, por enseñarme que no es malo ni vergonzoso reconocer que sufrimos, pues nuestra capacidad de sufrir equivale a nuestra capacidad de amar; por demostrarme que el amor es más fuerte que el dolor y que la muerte y, definitivamente, por abrirme los ojos al destello de la primavera eterna que es la vida, a pesar de sus tormentas, sus inviernos y sus heladas.

A los que me hicieron daño premeditadamente, a los que me pusieron la zancadilla cuando más me costaba andar, a los que me dejaron sola, a los que me olvidaron, a los que rieron cuando me vieron llorar... A ellos también les doy las gracias, por enseñarme a reconocer a quien me quiere bien, a escuchar con atención las voces de aliento por encima de los gritos y los abucheos, la valentía del que apoya a un amigo a pesar de sus errores, el tesoro de tener una mano tendida cuando todas se fueron; pero, sobre todo, gracias por enseñarme lo fácil que es querer a quien te quiere sin pedir nada a cambio.

Y, por supuesto, gracias, millones de gracias, a los que me quisieron y me quieren sólo por ser yo, a pesar de mis errores, de mis tormentos, de haberles echo daño incluso.

Gracias a la vida que me ha tocado vivir, con sus matices, sus colores, sus luces y sus sombras, sus penurias y sus alegrías, sus miserias y sus riquezas, porque esta vida me ha convertido en la persona que soy y estoy muy orgullosa de ello.

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