29 noviembre 2006

La Reina de las Sirenas

Hace poco vi de cerca a la reina de las sirenas. Estaba allí, magestuosa, sentada sobre una roca en mitad de la bahía. Es tan bella, tan misteriosa, tan atractiva... tan peligrosa... Los habitantes de los mares le temen sobre a todas las cosas y no niego que yo misma tiemblo de pavor ante el más bello de sus cantos. Su poder sobre los reinos marinos es absoluto, pues el mismísimo Neptuno cae rendido a sus caprichos con sólo un vistazo a su sonrisa magnética.

Ella es voluble como el mar que la arropa. Puede estar cantando himnos de esperanza y al segundo siguiente hacer encallar a mil barcos pirata con el sonido de su voz.

Muchas fábulas aseguran erróneas que sus peligrosos cantos afectan sólo a los marineros. Muy pocos están al corriente de que los compases de sus melodías marcan el baile continuo de todos los océanos. Sus risas son órdenes sobre los delfines; sus lágrimas, la ruta de los grandes barcos; su furia, el hambre de los tiburones... Por ello, es odiada y adorada por igual por todos los seres que pueblan su reino.

Al verla allí, tan deslumbrante, tan bella, no pude evitar admirarla en silencio, manteniendo en un equilibrio tambaleante mi devoción y mi miedo. Sin darme apenas cuenta, me vi sentada en la orilla de mi cala, entonando imprudentes melodías que atrajeran su sonrisa. Primero fueron tímidas notas lanzadas al aire con disimulo, vigilando que los moradores del mar no descubrieran mi atrevimiento.

Ella me correspondío con susurros y poco a poco el viento fue dibujando ritmos de ida y vuelta entre su roca y mi arena. No sé en que momento perdí la conciencia de mi alrededor y me dejé llevar por aquel baile de sueños, desafiando a los mares eternos y a las nubes y al mismo cielo.

¿Se dio cuenta alguien?

Lo cierto es que desde entonces no puedo evitar esperarla noche tras noche para escuchar su voz melódica cautivando mis sentidos. Es así como logra manipular a todos los elementos a su antojo, es así como ha logrado labrar su fama de peligrosa y eterna belleza marina.

Aunque trato de aplacarlo con sensatez, mi corazón de bruja retumba en mi pecho ansioso por conocer cuantos secretos pueda la gran maga obsequiarle, sin que mis advertencias sobre la imprudencia de tal atrevimiento surtan efecto. El peligro se huele, no sólo por las suspicacias que pueda generar mi acercamiento a la diosa pez en mis vecinos marinos, sino porque es sabido que una nota más alta que la otra pronunciada por su suave y armónica voz puede hacerme encallar en un arrecife de desgracias para toda la eternidad.

Sin embargo, aquí sigo, sentada en la bahía, esperando con impaciencia volver a ver el brillo de su cola plateada salpicar de espuma las rocas de mis sueños más ambiciosos. Espero que nunca sepa cuanto quisiera convertirme en ella...

27 noviembre 2006

Para huir del miedo

Un nudo en el estómago me ha acompañado durante buena parte de este día. Se mezclaban ahí, en ese cerebro misterioso que recientemente han descubierto los científicos, una pelota de remordimientos, miedos, angustias y nervios que me impedían incluso respirar.

Puede que la clave esté en el miedo, en el miedo que produce la inseguridad, en la inseguridad que ha construido la costumbre al rechazo. Y dándole vueltas paseé durante horas, huyendo de las miradas furtivas de las gaviotas, tratando de no escuchar las risas de las pardelas e ignorando el jugueteo de los delfines. Huyendo del pequeño mundo que me rodea, por miedo, y de nuevo el miedo, a no ser lo que buscaban, al rechazo, al silencio...

Agazapada entre unas rocas me sumergí en pensamientos oscuros, en torturas autoinflingidas, en conjuros de huída que me ayudaran a salir de mi agonía, que me ayudaran a ponerme de nuevo la armadura de hojalata que durante años me salvó del frío influjo de las desconocidas miradas ajenas...

Entonces, a lo lejos, vi como se acercaba una botella, una de esas botellas con mensajes secretos que a menudo navegan hasta mi orilla. La abracé con fuerza deseosa de conocer qué misterios del mundo, qué susurros entintados me traía esta vez el mar de mi vida.

Descorché la botella emocionada y de nuevo me senté entre el sociego de las rocas a dejarme invadir por las palabras... Cual fue mi sorpresa al descubir en aquella hoja arrugada y húmeda, un mensaje tan eterno y univesal que, paradójicamente, cubría a la perfección el vacío que sentía mi corazón. Era el mensaje que necesitaba para olvidarme al fin de mi armadura oxidada y empezar a reir con las pardelas y a jugar con los delfines, sin la angustia de tratar de adivinar sus pensamientos.

Es el mensaje que por siempre me acompañará desde este día: "no importa lo que digan o piensen, tú sabes que eres el ser más importante de tu vida". Aquí te dejo la senda de aquella botella, por si necesitas seguir su rastro y encontrar tu propio equilibrio espiritual. Pincha encima.

26 noviembre 2006

El frío ardiente de tu aliento

Hoy te he vuelto a ver. Sí, estabas allí, en millones de papeles arrugados, en imágenes descoloridas de mi cabeza, en canciones sepultadas en mis sueños, en el fondo más oscuro y escondido de mi corazón. Sin querer miré y seguías allí, acurrucado, silencioso, paciente, esperando que volviese a recordarte. Y lo hice, te recordé. Hice jirones de mi piel para pintar tu rostro sobre el aire y dejé que cantaran las gaviotas las melodías que nos hicieron uno. Y lloré, como lloro siempre que recuerdo que no te tengo, como lloro siempre que reconozco que vuelas escondido entre el viento, tan presente e inalcanzable al mismo tiempo. Y dejé que mi corazón palpitara frenético, atemorizado, dolido, destrozado, necesitándote y sabiéndote más imposible de lo que nunca pensó. Tenías razón, las latas no atraviesan las paredes. ¿Cómo sabiéndolo con tan misteriosa certeza fuimos incapaces de aceptarlo mientras no fue una palpable realidad? ¿Qué se esconde tras aquella pasión magnética que nos arrolló y arrastró hasta el fondo de un abismo insondable en el que tan sólo tú y yo éramos verdad? ¿Volveremos a sentirlo? ¿Volveremos a vernos? Sí. Lo sé. Como siempre supe que te perdería de este modo, de ese mismo modo sé que te volveré a encontrar y que todo volverá a empezar y que de nuevo tendremos que luchar por conseguirlo. Lo sé porque me duele el alma, me abrasa el alma, cuando pienso en ti, cuando te siento aquí, como una sombra que me rodea y me aprieta con el puño el corazón hasta hacerlo perder el sentido. Por eso sé que estás, sin donde ni cuando ni como, pero estás, y a ese mismo estar sin tiempo ni espacio volará mi alma en tu busca cuando también para mí dejen de contar las horas. Hasta entonces, amor.

25 noviembre 2006

Acción de Gracias

El pasado jueves se celebró en gran parte del mundo, sobre todo del anglosajón, el día de Acción de Gracias, uno de esos días de festividad inventada que los grandes centros comerciales, principalmente los americanos, aprovechan para hacer el agosto. Nunca he sido partidaria de estos días frívolos que acogen una buena causa como eslogan para aumentar ventas y mantener mansos a los corderos sociales.
Sin embargo, considero que este tipo de días sí pueden tener un aprovechamiento útil si nos embarcamos en la dura tarea de hacer análisis de conciencias y de descubrir y trasmitir todas esas realidades subjetivas que bullen en nuestro interior, relegadas en el día a día al plano del sentimentalismo y pisoteadas por otras realidades más objetivas, pero no por ello más importantes.
Es posible que si encauzamos estos días inventados hacia un fin menos materialista del habitual, podamos rescatarlos de su frivolidad para dotarlos del significado que, en el camino o en su propia creación incluso, parece haberse perdido.

El significado profundo del día de Acción de Gracias deslumbra desde la propia palabra que lo nombra: GRACIAS. Esa palabra a menudo tan olvidada y pisoteada por intereses materiales que llega a convertirse en instrumento de la conveniencia.

Mucha gente dice "gracias" incluso cuando no tiene nada que agradecer o cuando no siente realmente gratitud, simplemente porque necesita conseguir algo del destinatario de la misma. Otros la usan como simple coletilla tras una petición, como una fórmula de corrección lingüística y de educación social. Pero rara vez escuchamos un verdadero "gracias" del corazón, ése que realmente surge del sentimiento de gratitud, del deseo de correspondencia a un bien que nos ha sido dado, a una felicidad que se nos ha servido...

Yo quiero hoy desinstrumentalizar el 'gracias' y hacer que brille en lo alto del firmamento como la estrella que debe guiar mi camino, la estrella de la Gratitud. Porque siempre sobran los motivos para dar las gracias, motivos que el ser urbano en el que nos hemos convertido habitualmente pasa por alto, ante la petulancia de otros motivos mucho más prosaicos.

Yo quiero de verdad dar las gracias. Dar las gracias a los baches que me ha puesto la vida en el camino para hacer rebotar a mi espíritu contra el suelo y descubrir en cada golpe una prueba de fortaleza. Quiero dar las gracias a los malos momentos, por despertar la belleza y la grandeza de los buenos; a las pérdidas dolorosas, por demostrarme el verdadero y profundo valor de lo logrado; a las lágrimas, porque sus surcos me recuerdan frente al espejo cada mañana lo agradable que es sonreír...

A los proyectos abortados, a los sueños rotos, a los amores frustrados y dolorosos, a mis almohadas mojadas por el llanto, a las personas perdidas en el camino, a los días grises y faltos de fe, debo darles las gracias por atornillar mis pies a la tierra, por descubrirme que el fondo del pozo es el lugar perfecto para empezar a escalar. Por darme bofetadas de realidad que me descubrieron el valor de ser querido sin condiciones, por enseñarme que no es malo ni vergonzoso reconocer que sufrimos, pues nuestra capacidad de sufrir equivale a nuestra capacidad de amar; por demostrarme que el amor es más fuerte que el dolor y que la muerte y, definitivamente, por abrirme los ojos al destello de la primavera eterna que es la vida, a pesar de sus tormentas, sus inviernos y sus heladas.

A los que me hicieron daño premeditadamente, a los que me pusieron la zancadilla cuando más me costaba andar, a los que me dejaron sola, a los que me olvidaron, a los que rieron cuando me vieron llorar... A ellos también les doy las gracias, por enseñarme a reconocer a quien me quiere bien, a escuchar con atención las voces de aliento por encima de los gritos y los abucheos, la valentía del que apoya a un amigo a pesar de sus errores, el tesoro de tener una mano tendida cuando todas se fueron; pero, sobre todo, gracias por enseñarme lo fácil que es querer a quien te quiere sin pedir nada a cambio.

Y, por supuesto, gracias, millones de gracias, a los que me quisieron y me quieren sólo por ser yo, a pesar de mis errores, de mis tormentos, de haberles echo daño incluso.

Gracias a la vida que me ha tocado vivir, con sus matices, sus colores, sus luces y sus sombras, sus penurias y sus alegrías, sus miserias y sus riquezas, porque esta vida me ha convertido en la persona que soy y estoy muy orgullosa de ello.

22 noviembre 2006

Tolete se ha ido

Sí, se ha ido. Creo que ha sido durante la noche. Esta mañana me desperté y ya no estaba. No dejó ninguna nota de despedida ni niguna explicación a su partida. Simplemente ya no estaba. La busqué por todos los rincones de la casa, la llamé desde la puerta por si había salido de caza, pero nada, no apareció. ¿Por qué se habrá ido?
Lo cierto es que llevaba algunos días bastante extraña. Ya no aparecía para asustarme en mitad de la noche sobre mi cama, ni me espiaba colgando en su tela de araña mientras escribía. Se había vuelto muda y hasta había dejado de cazar. Yo creo que se sentía sola. No podía contar con nadie. Yo, por mi insuperable fobia, nunca pude crear lazos afectivos suficientes con ella para que nuestra relación fuera fluida. Mientras, el resto de seres de esta cala escondida le tienen tanto pavor que amenudo se convertía en odio. Estaba sola.
De hecho, esta mañana cuando salí a buscar conchas por la orilla pude darme cuenta de que la playa había cambiado. De repente vi revolotear a las mariposas y caí en la cuenta que que hacía meses que no las veía volar divertidas sobre las rocas. Los delfines estaban saltando eufóricos, pude oir después de mucho tiempo sonar las risas de las gaviotas y las pardelas y, hasta la mismísima reina de la sirenas, que ama y condena por igual a todas las criaturas del mar y sus costas, dejaba que se deslizaran algunas gotas de armonía en su aparentemente triste canto.

¿Cómo me siento yo? No puedo decir que me apene su partida. Lo cierto es que al descubrir que no estaba lancé un suspiro de puro descanso y todos los músculos de mi cuerpo, en tensión constante durante meses, se relajaron al mismo tiempo como un globo hichado al máximo que se desinfla a toda velocidad y cae fláccido sobre el suelo.

Pero, también debo reconocer que no me siento del todo bien conmigo misma. Al fin y al cabo era mi araña y no era una mala araña. Era como le dictaba ser su naturaleza, pero en el fondo no era mala. Quizás debería estar un poco más triste, o al menos un poco preocupada por su paradero y su seguridad. Debe estar sola por ahí, sabe dios dónde, triste y desamparada en un mundo que no conoce. Sin embargo, me angustia más la posibilidad de su regreso que su estado de salud.

Sí, puede volver. De hecho, sus telas de araña siguen colgando por toda mi casa, sus trampas mortíferas siguen activas a la espera de presas y todo está como lo dejó. Y no creo que nadie se atreva a quitarlo de ahí por mucho tiempo. Es posible que vuelva. Al fin y al cabo, esta es su casa, el lugar en el que nació y en el que debería sentirse segura. Quizás sólo quiere pensar, meditar un poco, alejarse para ver las cosas con perspectiva...

¿Y si vuelve?

No debo lanzar las campanas al vuelo, no debo alegrarme de su partida porque el día menos pensando la puedo ver de nuevo aparecer con su aguijón más afilado que nunca.

De momento, seguiré con mi vida, disfrutando de la tranquilidad de su ausencia, pero sin perder de vista la realidad de su posible regreso. Si vuelve, no puedo demostrarle mi fastidio. Eso podría enfurecerla y aún le temo, para qué negarlo.

20 noviembre 2006

Mi charco mágico...

Como buena bruja que soy, cuando quiero ver el pasado, el presente y el futuro, sólo tengo que decir un hechizo y mirar en los charcos de mi playa encantada... Hoy simplemente quise hacer un repaso por los recuerdos y sueños de la mortal que un día fui...


12 noviembre 2006

¡Quiero volar!

Me encantan los aeropuertos. Supongo que suena extraño, la mayoría de la gente odia los aeropuertos y los aviones. Probablemente sea por el miedo a volar: la gente llega a los aeropuertos estresada y agobiada y por eso está de mal humor. No es mi caso. A mí me relajan los aeropuertos, pasear por ellos, mirar sus tiendas dutty free siempre tan bonitas, llenas de objetos curiosos. Me encanta el ambiente, su olor mezcla de detergente, plástico y papel. Me encanta mirar los libros a la venta en los kioscos de aeropuerto. Y me encanta hacerlo sola.

Me gusta llegar con tiempo, facturar las maletas con tranquilidad, cruzar el control policial y tomarme mi tiempo para pasear por él, entrar en las tiendas, curiosear todos los objetos, leer las sinopsis de los libros - siempre acabo comprándome alguno -.

Luego me siento en una confortable cafetería y pido una cocacola, un café o una cerveza (depende del día y de la euforia que me invada), tal vez algo para picar... y me relajo leyendo mi, a menudo, nueva adquisición literaria, mientras escucho mi música para los viajes en el mp3. Dejo correr el tiempo con tranquilidad, con una oreja puesta en mi música y lo otra en las llamadas por el altavoz.

A veces cierro el libro un rato y me entretengo observando a los viajeros: familias con niños que tratan de mantenerlos a todos bajo control al tiempo que están pendientes de la megafonía, buscan la puerta de embarque y vigilan las maletas; un equipo de baloncesto femenino camina con desgana, todas vestidas con el mismo chándal y la misma camiseta, siguiendo los pasos del entrenador, que se gira cada cinco segundos para comprobar que así es; empresarios enchaquetados con el maletín del ordenador portátil en una mano (sustituyendo al ya desfasado portafolios tradicional) y el asa de sus pequeñas maletas con ruedas, aptas para viajes de negocio rápidos, en la otra mano...

Así suelo pasar los minutos y las horas, esperando sin prisas el anuncio de mi vuelo. Normalmente no me levanto de mi relajante refugio hasta que no dicen eso de "última llamada" porque la experiencia me ha demostrado que hasta la segunda "última llamada" no se ha empezado a disolver la cola en la puerta de embarque. Así que cuando la escucho por primera vez me empiezo a levantar, guardo con cuidado todas mis pertenencias, teniendo cuidado de dejar lo más a mano posible el DNI y la tarjeta de embarque. Entonces me encamino hacia la puerta correspondiente, disfrutando de los últimos minutos en el lugar, respirando su olor por última vez antes de embarcar.

Cuando llego a la puerta ya suena el segundo aviso y la fila de entrada al avión está casi totalmente despejada, con sólo dos o tres pasajeros por entrar. Me encanta mirar a las azafatas de tierra, que te piden la tarjeta de embarque, siempre tan sonrientes y tan bien peinadas y maquilladas; así como las de vuelo, tan altas y elegantes, con sus uniformes de azafatas tan bien planchados. El nuevo uniforme de Air Europa es chulísimo, pueden llevar falda o pantalón vaquero, chaqueta vaquera con el logotipo de la compañía y jersey azul si lo prefieren, la camisa o camiseta es a rayitas blancas rojas y azules para las chicas y blancas y abotonadas para los chicos; ellas además llevan a veces un pañuelito azul y rojo anudado en el cuello y siempre van perfectamente conjuntadas con los complementos, pendientes, pulseras, pasadores del pelo... Se cuida hasta el más mínimo detalle.

Lo que no sabe mucha gente es que es así porque la compañía se encarga de ello expresamente. Los trabajadores de Air Europa, sobre todo las trabajadoras, reciben, junto con la copia de su contrato, todo lo que necesitan ponerse en su puesto de trabajo. Pero, no sólo las prendas de vestir: el uniforme incluye todos los enseres antes mencionados y más aún: pulseras, pendientes, coleteros, pasadores, zapatos y hasta las medias... Sí, yo también aluciné cuando los supe. Desde entonces les miro con más detenimiento aún que antes, para comprobar las similitudes en los atuendos de unas y otras.

Una vez en el avión siempre encuentro mi asiento rápidamente, ya que, como he esperado hasta el último instante para entrar, la mayoría de la gente está ya sentada y no hay atasco en el pasillo. Siempre viajo con asiento de ventanilla, al menos siempre que puedo. Suelo especificarlo con la reserva para no tener problemas y que me lo guarden siempre que la compañía lo permite - Spanair es la reina en ese tipo de detalles -. A veces incluso tengo suerte y el avión va lo bastante vacío (cosa que sé con bastante acierto al entrar de las últimas en él) para encontrar filas con tres asientos libres. Entonces paso de mi asiento y ocupo esos que no van a ser para ningún otro cliente porque ya han entrado todos. Otras veces he tenido más suerte aún y me he encontrado con que era la fila de mi propio asiento la que dejaba libre los otros dos.

Es estupendo en esos casos porque puedes levantar los reposabrazos centrales y estirarte a todo lo largo de las tres plazas. Mucha gente no lo sabe pero te dejan hacerlo incluso antes de despegar el avión. Yo suelo pedir una mantita y una almohada, me quito los zapatos (cosa que es muy sana porque los pies en los aviones se hinchan y sacar los zapatos previene el síndrome de la clase turista), levanto los reposabrazos y me tumbo a todo lo largo. Entonces, estiro el cinturón al máximo y me lo abrocho de manera que queda lo suficientemente largo para poder estar tumbada y moverte con libertad, sin que la azafata me llame la atención por no llevarlo.

El momento del despegue es otro de mis momentos favoritos en los viajes. Con la música puesta a todo volumen, me suelo tumbar de lado para mirar por la ventana mientras el avión se eleva. En ese momento siento como la propulsión me empuja hacia abajo y me deja, más que pegada al asiento, sumergida en él. La cabeza empieza a notar la presión y el corazón se acelera levemente, lo que mezclado con el sonido de mis canciones consigue un efecto místico de estar accediendo a otro plano de conciencia misterioso y placentero. Entonces me relajo y disfruto de las sensaciones, la música y los recuerdos haciendo un torbellino en mi interior. No creo que un chute de heroína ni una calada de marihuana consigan un efecto tan profundo.

En ese momento suelen aparecer millones de imágenes en mi mente, escenas del pasado, rostros de personas a las que, en la mayoría de los casos, he dejado en el camino en contra de mi voluntad y mis deseos; momentos vividos, recuerdos de otros viajes en los que alguien especial me acompañaba o me esperaba en mi destino. Son instantes en los que una extrañamente apacible y feliz melancolía se apodera de mí y me acompaña durante varios minutos; a veces incluso durante todo el viaje.

Influida por esa sensación de misticismo, una vez en los aires, a menudo imagino que el avión se vuelve de cristal, o desaparece incluso, y allí me quedo yo, flotando a nueve mil metros de altura, rodeada por las nubes, al abrigo del sol y el azul del cielo; o al de las estrellas cuando viajo de noche. Otras veces, sin embargo, me veo a mí misma saltando desde mi asiento y cayendo en picado hacia el mar, en un salto del ángel tan perfecto como imaginario, que concluye con mi cuerpo sumergiéndose mansamente en el mar, que me abraza cálido y en calma.

Así suelo pasar la mayor parte de mi estancia en las alturas, sumergida en ensoñaciones imposibles y mágicas. Aunque, aún así, siempre tengo unos minutos para degustar un buen sandwich (que últimamente tengo que llevarme de casa a causa de esa dichosa manía de las compañías aéreas de ya no servir comida en los vuelos a no ser los insípidos bocadillos por los que te cobran un riñón) y hasta echarme una siestita.

Cuando intuyo (y digo intuyo porque nunca llevo reloj más que el del móvil que tiene que permanecer apagado, con lo que me es imposible saber con certeza cuanto tiempo llevamos en el aire) que estamos cerca de aterrizar, me levanto y me dirijo al baño con mi neceser. Allí me lavo la cara y los dientes, me pongo crema, me maquillo y me perfumo convenientemente para estar perfecta al bajarme del avión. Es otro de mis momentos especiales el de prepararme para llegar a mi destino, el de sentirme limpia y guapa cuando salga por la puerta de llegadas, incluso cuando sé que no hay nadie esperando al otro lado.

Suelo acertar y el mensaje de aproximamiento al aeropuerto y la señal luminosa para abrocharnos los cinturones me suele pillar en mi última fase de acicalamiento en el baño. Entonces cierro mi neceser y me dirijo tambaleante a mi asiento, me abrocho el cinturón, esta vez ya sentada, y me dispongo a disfrutar de las vistas.

Cuando viajo a un sitio nuevo trato de llenarme los ojos con los paisajes aéreos, trato de grabarlos en mi memoria para luego intentar reconocerlos desde el suelo. Sin embargo, no hay nada más emocionante que viajar a un lugar conocido y reconocer en el descenso los espacios que nos pertenecen, sobre todo si el viaje es a mi tierra. Entonces, disfruto de la emoción de ver al Teide nacer majestuoso de entre las nubes, como si creciera sobre ellas en el mismísimo cielo. Luego aparecen los montes de Anaga, verdes e imponentes, y los grandes acantilados sobre el mar desafiando al equilibrio y al universo. Después disfruto de reconocer las calles de Santa Cruz y La Laguna, los edificios de los amigos, mis viejas moradas cargadas de recuerdos. Todo dura unos instantes pero impresiona durante horas.

El aterrizaje suele ser menos placentero que el despegue, al menos para mí. No sólo porque no es tan suave y armonioso, sino también porque se termina el disfrute de la plenitud del cielo. Lo que sigue suele ser más bien engorroso: llegar hasta la sala de recogida de equipajes, pelearme con un carro para conseguir despegarlo del resto de carros de la fila, a los que más que emparejado parece estar atornillado; esperar una eternidad a que mis maletas se dignen a aparecer (da igual que las facture las primeras, las últimas o en medio, o que sean maletas grandes, pequeñas o medianas: las mías sieeeempre salen la últimas), con el nudo en el estómago y el runrun en la cabeza - "y si esta vez sí me las han extraviado" - (lo cierto es que nunca me ha pasado, pero sé que algún día será el día y lo espero con angustia).

Cuando por fin aparecen mis maletas, la agarro firmemente, las coloco sobre el carro y me dirijo a la salida, expectante y atenta a lo que me espera al otro lado; pero, sobre todo, ansiosa por volver de nuevo a sentir el olor del aeropuerto, la paz de sus pasillos, el asombro de sus tiendecitas, la curiosidad de sus libros y el relax y la ilusión de volver a volar sea cual sea mi destino.

07 noviembre 2006

Necesito relajarme. Tolete está empezando a alterar mis nervios poderosamente. Hoy me ha estado vigilando por el rabillo del ojo. La vi cómo se descolgaba aferrada a un hilo de su tela de araña y se colocaba detrás de mi nuca para observarme fijamente.

Quiere mantenerme a raya, lo sé. Busca mantenerme lo suficientmente atemorizada para que no me atreva a ir en su contra, pero al mismo tiempo me necesita, necesita que no decida matarla o expulsarla de mi casa, peus sin mí no podría subsistir.

Es bueno saberlo, es bueno saber que me necesita porque eso me da cierto margen de autoridad. Pero, de momento es ella quien manda y no he podido evitar demostrárselo. Cuando la vi observándome detrás de mi nuca debí darle un manotazo de advertnecia, enseñarle que soy yo quien lleva las riendas. Pero no lo hice y eso la hace sentir más fuerte.

No lo puedo evitar. Su respiración me paraliza de los pies a la cabeza... Cuando estuve segura de estar a salvo tuve que salir de casa. Andé por la arena, nadé un poco, me tumbé al abrigo del sol. Pero, aún no consigo quitarme la tensión del estómago.

He decidido irme unos días. Tengo que resolver unos asuntos en el mundo de los hombres y voy a aprovechar el fin de semana para hacerlo. Así desconecto de Tolete unos días y le hago sufir mi ausencia.

No es que me agrade hacerlo, primero porque el mundo de los hombres logra alterarme más aún que Tolete y, segundo, porque temo la reacción del bicho cuando regrese a casa el próximo miércoles. Sé que le enfurecerá pasar cinco días totalmente sola y que va a buscar el modo de hacérmelo pagar cuando regrese. Pero bueno, quizás haga falta tensar un poco la cuerda a ver si logro arrebatarle el bastón de mando.

02 noviembre 2006

Ya ha asomado el hocico...

Al fin ha tomado forma. Llevaba tiempo esperando saber en qué se transformaría aquel huevo dorado que llegó hasta mi cala unos meses atrás. Era grande y brillante cuando el mar lo arrastró a la orilla. Tenía pinta de ser la casita prenatal de algún precioso ser.

Cuando llegó estaba a punto de romperse, pero como no sabía si se trataba de un futuro retoño de mar o de tierra no sabía muy bien como debía cuidarlo. Aún así me propuse hacerlo. Lo lleve hasta mi casita de piedra volcánica, le limpié la arena con mimo e hice un lecho con mantas junto a la chimenéa para calentarlo a modo de incuvadora.

Entonces me pasé horas frente a él observándolo. Tratando de percibir el más mínimo movimiento en su interior, la más leve transformación en estructura. Pasaron horas antes de que algo ocurriera. Me inquietaba la incertidumbre de saber si estaba haciendo lo correcto, temerosa de asfixiarlo entre las mantas o cocinarlo con la cercanía de la hoguera.

Finalmente me acerqué hasta él y coloqué mi oreja sobre su superficie rugosa y extraña. Presté mucha atención durante varios minutos buscando algún resquicio de vida en su interior. Hasta que al fin se presentó, un leve suspiro resonó dentro del cascarón. Era como un suspiro perruno, claro que los perros no son ovíparos, así que no podía ser...

Me quedé intrigada, no lo niego, pero a pesar de todo me tranquilizó aquel resoplido casi mudo en su interior. Si respiraba estaba bien.

Cuando llegó la noche cogí el huevito dorado y me lo llevé a mi habitación. Lo coloqué sobre un cojín muy mullido y lo envolví con varias mantas para que no perdiera el calor.

Así estuve durante varios días, con el huevo para un lado y para otro, dándole calor, mimándolo, al final hasta le hablaba y le contaba cosas como hacen los padres en las barriguitas de las madres embarazadas. Trataba de imaginarme cómo sería, qué tipo de animalillo sería, pensaba en un gorrión, pero el huevo era demasiado grande; pensaba en una paloma, pero no recordaba que sus huevos fueran dorados... Imaginaba mil animalillos inventados.

Hasta que al fin un día, mientras yacía reposado sobre un gran almohadón frente a la chimenea vi como empezaba a romperse el cascarón. Me acerqué ilusionada a presenciar el espectáculo. El huevo se fue resquebrajando poco a poco y algo se movía desde el interior.

Pasaron varios minutos hasta que, al fin, vi como asomaba algo a través de los trocitos rotos del huevo dorado. Primero me pareció que era un pico, un pico negro lleno de pelitos que picoteaba las paredes de su encubadora particular para abrirse paso en el mundo y dar esperanza y compañía a mis solitario reposo. Pero a medida que iba empujando se iba haciendo más y más largo. Entonces me di cuenta de que no era un pico. Parecía más bien una patita, una patita negra con pelos pequeños. Acerqué mi mano para acariciarla, pero se replegó sobre sí misma y ya no volvió a salir.

Decidí dejarlo tranquilo, darle tiempo a que naciera en libertad, sintiendo que le apoyaba en aquel gran momento. Así que me tumbé en el sofá a esperar y observar su nacimiento.
 

No sé en qué momento del proceso me quedé dormida, sólo recuerdo que por entonces tendría como mucho dos patitas fuera del cascarón. Cuando abrí los ojos entusiasmada por conocer a mi nuevo amigo, miré hacia la lumbre buscándolo con la mirada. Pero, no estaba. Sólo quedaban sobre el almohadón los trozos de huevo dorado desperdigados por todos lados. Miré por toda la habitación buscándolo, pero no lo encontraba.

Estaba a punto de darme por vencida, pensando que se habría ido del mismo modo en que llegó, sin dejarme saludarlo.

Pero, de repente escuché un crujir sobre mi cabeza. Miré al techo y allí estaba. ¡Dios mío! ¡Qué espanto! Era una enorme, peluda y negra araña gigante. Bueno, no era gigante, pero sí grande, muy grande, la más grande que había visto en mi vida. Miré horrorizada a su alrededor y descubrí cómo había construido una gran tela de araña que recubría todo el techo de mi casita y amenazaba con empezar a invadir las paredes.

Estaba empezando a oscurecer y entre los nervios y el desconcierto me costaba ver y pensar con claridad, así que traté de encender la luz para ubicarla con más presición y poder vigilar sus movimientos. Pero no sirvió de nada. La tela de araña que había trenzado era tan espesa que la luz a penas podía traspasarla para iluminar la habitación.

Había esperado ilusionada tantos días por mi nuevo compañero que el mazazo se hizo más duro de lo que ya hubiera sido de por sí encontrarme con semejante engendro. Una gran prueba para mi aracnofobia, sin duda.

Y aquí estoy, con el bicho colgado en mi techo. Ya se ha comido todos los insectos que se le han cruzado en el camino y empieza a extender peligrosamente su dominio sobre mi despensa. Mientras, yo llevo varios días acurrucada en una esquina del salón observando cada uno de sus movimientos.
He pensado mucho mientras la miraba.

El pavor inicial pareció mitigarse cuando la vi acurrucarse en el centro de su telita y dormirse tiernamente. Al fin y al cabo la había cuidado como una hija hasta que nació, pobrecilla, tampoco podía deshacerme de ella de la noche a la mañana. Pero, entonces se despertaba y la veía avalanzarse sobre los pobres grillos que se colaban por la ventana o sobre las polillas de las vigas de madera, transformándose en una bestia insensible y despiadada.

Pero, ¿qué podía hacer? Mi asco y mi miedo me impiden siquiera acercarme a ella, que más enfrentarla...

Le he puesto nombre: Tolete, porque a veces es torpe como un pato mareado y se tropieza con sus propios hilos y se cae estrepitosamente al suelo, pero otras es hábil y calculadora como un lince y mide al milímetro cada movimiento para avalanzarse sobre sus víctimas.

Así que aquí estoy, con mi araña Tolete colgada de la lámpara, sin luz y acobardada por sus ojos negros y sus patas peludas. Ha acorralado mi despensa y se aproxima peligrosamente a mi nevera de gas. Pero ya he tomado una determinación, o se deja adiestrar o nos acabaremos matando y, al fin y al cabo, la casa es mía y tengo insecticidas. Si me atrevo a moverme puede salir perdiendo, pero si me pilla desprevenida quién sabe lo potente que puede llegar a ser su veneno. Esto es una guerra de titanes, sin duda, sólo el tiempo dirá quién gana.