31 octubre 2006

Bienvenido seas, triste otoño

Llega el otoño... ¡Qué mala época!

En otoño parece que todo se tambalea y oscurece: el cielo se vuelve gris, las mañanas son frías y nuestro interior empieza a oscurecerse al mismo rítmo que lo hacen los días. Es la época de las grandes depresiones, de los replanteamientos, del pesimismo.

No sé por qué me da hoy por escribir eso, quizás sea por lo mismo, porque el otoño me vuelve gris y me aplaca el ánimo... Es la época de las recapitulaciones, de tomar conciencia de quienes somos y el lugar en el que estamos, comparándonos con quienes fuimos y donde estuivimos y con quienes queremos llegar a ser y donde queremos llegar a estar. El saldo suele salir negativo en la segunda opción y a veces también en la primera.

Siendo objetiva debería reconocer que no es el caso, al menos en el primer planteamiento. Debería decir que soy mejor persona de la que fui en el pasado y que mi situación es mejor que la que fue.

Sin embargo, hay tantas cosas que se extrañan... La tierra, por supuesto, ésa es la cruz que me acompaña en mi día a día; también los amigos, la familia, los momentos vividos que no van a volver, las personas que se fueron y nos dejaron el amargo trago de sus recuerdos... Sí, estoy mejor que en el pasado. Por primera vez en mi vida puedo decir que soy adulta, autosuficiente y normal, y eso es bastante más de lo que podía decir de mí misma hace unos pocos años.

Pero, no es fácil ser adulta, autosuficiente y normal; no es fácil y tampoco divertido. El alma errante, rebelde, atrevida que he enviado a un rincón de mi memoria a veces me grita que se aburre, a veces me lanza flashes de recuerdos para hacerme tambalear en la línea divisoria que hace tiempo me impuse para aprender a andar. Entonces, echo de menos ser una niña disparatada e insensata, echo de menos el empuje de poder salir volando en el momento menos pensado, echo de menos las juergas sin horarios ni medidas, echo de menos el rugir de los motores en plena noche, echo de menos las risas viciadas de alcohol y desfase, echo de menos las camas ajenas, la libertad desnuda de no tener miedo a la muerte...

Eso ha pasado, sí, y es mejor así, también. Pero, cómo se entumece de frío el alma al reconocer que no volverá, al reconocer que no debe volver. Miro a mi alrededor y me doy cuenta de que amenudo tengo una sensación que nunca antes había tenido y que nunca antes pensé que iba a tener: la sensación de estar perdiendome cosas, la sensación de ver como otros son menos temerosos que yo al conducir sus vidas y se atreven a hacer cosas que yo no puedo hacer. Es raro. Y duro. Cuando hubo una época en la que otros me miraban a mí con ese mismo estupor ante la inconsciencia de mis actos, cuando hubo un tiempo en el que me llenaba la boca con bocados de mundo y nada ni nadie me parecía lo suficientemente lejano para tocarlo con las manos, cuando pensaba que podía hacer cuanto quisiese y, además, que debía hacerlo para exprimir un mundo nefasto que jamás me podría dar nada mejor.

Hoy miro en los ojos de otros ese mismo ímpetu arrollador y destructivo y me doy cuenta de lo lejos que he llegado a estar de esa actitud. Y es raro. Es raro verse desde el otro lado del espejo por primera vez y admitir con una mezcla de incredulidad, pesimismo, melancolía y certeza que ya no quiero volver cruzar la línea, que ya no tengo fuerzas para estar al límite del bien y del mal, que por muy aburrida y gris que me pareciera esta vida desde aquel otro lado, he aprendido a apreciar la tranquilidad de sus días iguales, la seguridad de su rutina, el calor de su silencio opaco. Es raro, tan raro leerme escribiendo esto... Sin embargo, lo aprecio, reconozco su gran valor; al mismo tiempo que tiemblo de frío y de morriña mirando lo que fui en el devenir de otros.

Pero, me planto. Me planto cara a mí misma y me planto. Doy la espalda a lo que fui, asumo lo que he decidido ser y miro espectante el sitio en el que lucho por sentarme un día. Y lo veo tan lejos... Y otra vez este agridulce en el estómago... El temor de pensar que nada sirva de nada, el miedo de no llegar a sentir el regocijo de la autorealización... He renunciado ya a tantos sueños, he bajado tantas veces el listón en mi vida... Pero, no, me animo a mí misma, el camino se está abriendo, cada vez queda menos, estás en la senda acertada... ¿o no? ¿Y si me estoy equivocando? ¿Y si me equivoqué hace tanto tiempo que ya no hay vuelta atrás...? Quizás nunca debí salir de mis pequeñas islas, quizás nunca debí lanzarme a la conquista de algo que, hoy por hoy, ya sé que no voy a alcanzar y que ni siquiera me interesa ya alcanzar... ¿Ha servido de algo?

Supongo que tengo que reconocer que sí, que a pesar de no verme ya en el mismo futuro que esperaba hace unos años, el camino de su búsqueda me ha servido para mucho más de lo que yo me esperaba que sirviera. Como El Alquimista de Paulo Coelho o como Marlo Morgan en Las Voces del Desierto, me doy cuenta de que el camino que en principio parecía un mero trámite se ha convertido en el verdadero tesoro, que la meta es sólo la zanahoria que nos empuja hacia delante mientras conseguimos lo realmente importante: construirnos a nosotros mismos...

Es ese el balance que finalmente debo anotar en mis cuentas de este otoño gris y esperar a ver qué frutos recojo en el camino hacia las nuevas cimas que me he propuesto conquistar... ¡Feliz otoño para todos!

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