31 mayo 2015

Dime, papá

Cuando el mundo entero se me viene encima, no me deja fuerza siquiera para llorarlo en versos. Cuando siento que no hay paz, que no hay futuro, que no hay sueños ni esperanzas, que nada merece la pena, el alma se me achica y se arrincona en mi cuerpo, angustiada y aplastada por el peso de la desolación. 

Cuando eso ocurre el aire se vuelve tan denso como un lago de arenas movedizas y siento que me hundo en él, sin encontrar ramas o piedras a las que agarrarme. 

Ese instante de terror en el que ves que todo se pierde, en el que no encuentras ni tiempo ni espacio para nada más, ni siquiera para una misma; ese es el instante crítico, el momento en el que los pros y los contras aparecen frente a tu rostro y hay que tener mucho valor para dar más peso a los pequeños pros que a los enormes, aterradores y omnipresentes contras que se empeñan en destruirte. 

Ese mínimo instante, esa milésima de segundo, es el que marca la diferencia en nosotros mismos, es el que me pone en el brete de si seguir o claudicar. Ese instante de horror es el que me hace entenderte mejor que nadie, papá. El que me hace comprender lo fácil que sería seguir tus pasos y su senda y lo difícil que es quedarnos aquí y aguantar las embestidas de una tormenta tan desoladora que pareciese que jamás va a dar paso a la calma. 

Y ahora dime, ¿lo hará? ¿Sirve de algo? ¿Sigo o te sigo? 

Dímelo, papá. 

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