Entre dos enormes peñascos de lava negra y sobre un lecho de fina arena volcánica, se alzaba firmemente la casita del mar. Sus paredes estaban hechas de fuertes rocas oscuras, en las que se abrían tres pequeños ventanucos y una puerta de madera. El techo, también de piedra, estaba recubierto por millones de conchas de lapas, mejillones y burgados, entre los que, a duras penas, se abría paso una pequeña y humeante chimenea. De noche, sólo el brillo en los cristales de una hoguera parpadeante hacía imaginar la vida en aquella cala solitaria. De día, el sol se reflejaba sobre las conchas del tejado, haciéndolo brillar tan deslumbrantemente que desde lejos parecía estar hecho de oro. En su interior, a la luz de una vela, se refleja en las paredes una silueta borrosa encorvada sobre una mesa de madera de pino. Un cabello largo y ondulado baila en el aire al son de la brisa marina, mientras una lágrima sacrílega hace un borrón de tinta sobre el papel envejecido que descubre sus sueños.

11 mayo 2011

Y el sol, al fin, brilló

Queridos Exploradores:

Hoy regreso a estas epístolas embotelladas para decir adiós. No sé si este es un punto final, un punto y coma o tan solo puntos suspensivos. En cualquier caso, es un punto. Un punto enorme y deslumbrante que lo abarca todo desde el cielo, brillando con intensidad. Es el enorme círculo del sol que ha llenado cada rincón de esta playa con el calor de su alegría.

Hacía ya tiempo, lo sé, que no venía para contarles el destino que han tenido los animalillos de esta negra playa solitaria. Un día os lo dije: "el dolor es solo un manto, bajo cuyo calor acaban naciendo los mejores cantos". Del mismo modo, no hay cantos sin dolor; las cuerdas de mi melancólico arco no pueden lanzar ya notas al viento si no hay lunas menguantes que inspiren su agonía... Y el sol... El sol es demasiado bueno como para perder un segundo improvisando tristes melodías, cuando se puede vivir bailando a su alrededor.

Ya no hay pesar en esta playa, queridos exploradores. Ya no hay sirenas que amenacen con tormentas la fina arena de mi cala. Ya no hay Neptuno alguno que con su variable humor atormente la supervivencia de mis animales marinos... Ni siquiera las ánimas, que aún perviven agazapadas entre las rocas más afiladas de esta pequeña bahía, se atreven a salir de sus sombras, atemorizadas por la fuerza destructora de un sol que no conocían.

Ya solo hay paz, amigos. Sólo yo, la bruja del mar, reino ya en este litoral salado. Y junto a mí, las aves, los delfines, las estrellas de mar, los pececillos y los cangrejos bailan día y noche el son de la felicidad, con el que este astro luminoso que nos alumbra ha llenado cada destello del cielo.

Ya solo hay paz, bailes y muchas conchas por recoger de la orilla, para que no se nos adormezcan los músculos con el calor.

Así que les dejo. Aquí quedarán por siempre las huellas que sobre la arena han dejado más de cuatro años de cánticos de ida y vuelta. Y mientras, mis animalillos y yo, seguiremos bailando. Porque el que baila, como dice Isabel Allende, es libre... mientras baila!

¡Hasta siempre, exploradores!

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