Entre dos enormes peñascos de lava negra y sobre un lecho de fina arena volcánica, se alzaba firmemente la casita del mar. Sus paredes estaban hechas de fuertes rocas oscuras, en las que se abrían tres pequeños ventanucos y una puerta de madera. El techo, también de piedra, estaba recubierto por millones de conchas de lapas, mejillones y burgados, entre los que, a duras penas, se abría paso una pequeña y humeante chimenea. De noche, sólo el brillo en los cristales de una hoguera parpadeante hacía imaginar la vida en aquella cala solitaria. De día, el sol se reflejaba sobre las conchas del tejado, haciéndolo brillar tan deslumbrantemente que desde lejos parecía estar hecho de oro. En su interior, a la luz de una vela, se refleja en las paredes una silueta borrosa encorvada sobre una mesa de madera de pino. Un cabello largo y ondulado baila en el aire al son de la brisa marina, mientras una lágrima sacrílega hace un borrón de tinta sobre el papel envejecido que descubre sus sueños.

10 noviembre 2010

A veces

A veces... un recuerdo para ti, simplemente porque sí... Porque una corriente de aire se ha colado por la ventana y el frío me ha sobrecogido... Porque tus palabras almacenadas en la memoria de los tiempos han volado sobre el aire... "Es porque acabas de comer"... Y tu sonrisa iluminando el cielo y el infierno de mis días... Y la mía que recorre la habitación mientras corto las alas a la brisa con los ojos empañados del ayer y la mente regresando a tu regazo... A veces... sólo un recuerdo de ti basta para sosegar la prisa...