Entre dos enormes peñascos de lava negra y sobre un lecho de fina arena volcánica, se alzaba firmemente la casita del mar. Sus paredes estaban hechas de fuertes rocas oscuras, en las que se abrían tres pequeños ventanucos y una puerta de madera. El techo, también de piedra, estaba recubierto por millones de conchas de lapas, mejillones y burgados, entre los que, a duras penas, se abría paso una pequeña y humeante chimenea. De noche, sólo el brillo en los cristales de una hoguera parpadeante hacía imaginar la vida en aquella cala solitaria. De día, el sol se reflejaba sobre las conchas del tejado, haciéndolo brillar tan deslumbrantemente que desde lejos parecía estar hecho de oro. En su interior, a la luz de una vela, se refleja en las paredes una silueta borrosa encorvada sobre una mesa de madera de pino. Un cabello largo y ondulado baila en el aire al son de la brisa marina, mientras una lágrima sacrílega hace un borrón de tinta sobre el papel envejecido que descubre sus sueños.

16 febrero 2009

Soy

Una mesa desordenada, montones de ropa por colocar, una grabadora digital, una agenda, bolígrafos, papeles y más papeles... Eso soy... Soy una cajetilla de tabaco empezada, un cenicero con colillas, un bostezo, la ojera negra llorando su cansancio.

Soy prisas y pausas incontroladas, soy un montón de libros por leer y un centenar por escribir... Soy una carta empezada que nunca acabé, una llamada de reclamación que hace tic tac sobre la mesilla... Soy un teléfono sin batería, una lista de cosas por hacer que nunca escribo.

Soy un domingo laborable, una sonrisa que lucha por salir. Soy tus ojos cruzando la puerta y el ansia de ser lo que esperan ver.

Soy... un ayer sin construir.

1 huellas en la arena:

efectos dijo...

Me alegro de que vuelvas a escribir y además con tanto tino.