Entre dos enormes peñascos de lava negra y sobre un lecho de fina arena volcánica, se alzaba firmemente la casita del mar. Sus paredes estaban hechas de fuertes rocas oscuras, en las que se abrían tres pequeños ventanucos y una puerta de madera. El techo, también de piedra, estaba recubierto por millones de conchas de lapas, mejillones y burgados, entre los que, a duras penas, se abría paso una pequeña y humeante chimenea. De noche, sólo el brillo en los cristales de una hoguera parpadeante hacía imaginar la vida en aquella cala solitaria. De día, el sol se reflejaba sobre las conchas del tejado, haciéndolo brillar tan deslumbrantemente que desde lejos parecía estar hecho de oro. En su interior, a la luz de una vela, se refleja en las paredes una silueta borrosa encorvada sobre una mesa de madera de pino. Un cabello largo y ondulado baila en el aire al son de la brisa marina, mientras una lágrima sacrílega hace un borrón de tinta sobre el papel envejecido que descubre sus sueños.

14 junio 2008

Mujer sin alma

Arrancame el alma. Arráncamela si es necesario para que deje de dolerme de este modo. Arráncamela y llévatela contigo, para que enmudezcan estos gritos que me piden llantos. Llantos en torrente. Llantos que desgarren, que limpien, que arrastren todo el malestar por el desagüe del olvido. Llantos que no llegan desde este pozo seco que es mi alma.

Por eso, arrancame el alma. Arráncamela y llévatela contigo a tu guarida de silencios. Arráncamela y déjala dibujada en tinta mágica sobre el lienzo de tu piel de acero. Para que allí muera de frío. Para que allí se muera congelada y sola, consciente de que no tiene sentido alguno su vida. Pues, ¿de qué sirve un alma que viva y que no sienta? ¿De qué sirve, si vive y siente siempre en la agonía de querer morise?

Así que, arrancala. Quédatela, para ti, te la regalo, para que juegues con ella y la disfrutes como yo no puedo hacerlo. Quédatela y deja tranquilo mi estómago, mi corazón, mi mente, mis ojos sin lágrimas. Quédatela para que no vuelvan a atormentarme tus miradas, ni tus sonrisas, ni tus palabras, ni tus besos a otra en la madrugada. Quédatela y deja que siga siendo la mujer sin alma que un día dibujé sobre tu almohada.