Entre dos enormes peñascos de lava negra y sobre un lecho de fina arena volcánica, se alzaba firmemente la casita del mar. Sus paredes estaban hechas de fuertes rocas oscuras, en las que se abrían tres pequeños ventanucos y una puerta de madera. El techo, también de piedra, estaba recubierto por millones de conchas de lapas, mejillones y burgados, entre los que, a duras penas, se abría paso una pequeña y humeante chimenea. De noche, sólo el brillo en los cristales de una hoguera parpadeante hacía imaginar la vida en aquella cala solitaria. De día, el sol se reflejaba sobre las conchas del tejado, haciéndolo brillar tan deslumbrantemente que desde lejos parecía estar hecho de oro. En su interior, a la luz de una vela, se refleja en las paredes una silueta borrosa encorvada sobre una mesa de madera de pino. Un cabello largo y ondulado baila en el aire al son de la brisa marina, mientras una lágrima sacrílega hace un borrón de tinta sobre el papel envejecido que descubre sus sueños.

05 julio 2008

Poco

¿Qué se le puede contar a la luna cuando las palabras parecen congeladas en una eternidad muda y estéril? ¿Qué excusa se le da al corazón para que se olvide de latir un día más? ¿Le digo que el fuego es tan sólo un espejismo? ¿Cómo hacerlo si sólo su roce abrasa las pieles más curtidas?

Hay poco ya que hacer con este corazón maltrecho. Hay poca vida que arrancarle a bofetadas, pues cada golpe ha endurecido con mayor fuerza su estructura y hoy parece tan sólo una estatua de sal en la que se intuyen las grietas de su pasado.

Hay pocos suspiros ya que puedan escaparse de las profundidades de las cavernas. Porque la luz del sol hace años que apagó su brillo y el viento tiene miedo a adentrarse en las penumbras.

Hay poco ya para mostrar, pues existe demasiado olvido removiendo emponzoñado los silencios del pasado.

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