Entre dos enormes peñascos de lava negra y sobre un lecho de fina arena volcánica, se alzaba firmemente la casita del mar. Sus paredes estaban hechas de fuertes rocas oscuras, en las que se abrían tres pequeños ventanucos y una puerta de madera. El techo, también de piedra, estaba recubierto por millones de conchas de lapas, mejillones y burgados, entre los que, a duras penas, se abría paso una pequeña y humeante chimenea. De noche, sólo el brillo en los cristales de una hoguera parpadeante hacía imaginar la vida en aquella cala solitaria. De día, el sol se reflejaba sobre las conchas del tejado, haciéndolo brillar tan deslumbrantemente que desde lejos parecía estar hecho de oro. En su interior, a la luz de una vela, se refleja en las paredes una silueta borrosa encorvada sobre una mesa de madera de pino. Un cabello largo y ondulado baila en el aire al son de la brisa marina, mientras una lágrima sacrílega hace un borrón de tinta sobre el papel envejecido que descubre sus sueños.

05 mayo 2008

A veces pasa...

Ella había sido siempre la estrella de la clase. Desde lejos la miraban con envidia y disimulada admiración las que nunca recibieron un piropo. A su alrededor se colaban siempre las que morían por brillar de aquel modo con una sonrisa.

Él siempre fue el favorito de las maestras, el admirado entre los compañeros y el sueño de todas las niñas. A su alrededor se forjó el compañerismo nacido de grandes charlas y mejores fiestas.

Los años los convirtieron en los protagonistas de aquella película de joven rebeldía. Y la poesía de sus libretas se hizo música entre los dedos de él. Y la música los puso en el brete de las sonrisas y los sueños.

En primera fila del escenario siempre estaba ella, junto a un séquito de fieles aspirantes a especiales. Tras el micro del escenario estaba toda la fuerza que desprendían las ansias de él.

Y los años los hizo uno. Y al destino llamaron suerte. Y las mañanas llegaron con magdalenas y mapas que siempre les mostraron el camino por el que andar.

Ayer volví a verles. Ella seguía siendo igual de bella bajo aquellos escasos kilos de más. Él, que parecía haber encogido tras aquel carrito rojo de bebé, se dio la vuelta, y me mostró el rostro de la serenidad que sólo regalan los retos conseguidos.

Y su alrededor se llenó de gente en un instante. Y llovieron besos y sonrisas.

Y yo en silencio, desde una esquina, tuve suspirar y admitir sorprendida que a veces pasa.

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