Entre dos enormes peñascos de lava negra y sobre un lecho de fina arena volcánica, se alzaba firmemente la casita del mar. Sus paredes estaban hechas de fuertes rocas oscuras, en las que se abrían tres pequeños ventanucos y una puerta de madera. El techo, también de piedra, estaba recubierto por millones de conchas de lapas, mejillones y burgados, entre los que, a duras penas, se abría paso una pequeña y humeante chimenea. De noche, sólo el brillo en los cristales de una hoguera parpadeante hacía imaginar la vida en aquella cala solitaria. De día, el sol se reflejaba sobre las conchas del tejado, haciéndolo brillar tan deslumbrantemente que desde lejos parecía estar hecho de oro. En su interior, a la luz de una vela, se refleja en las paredes una silueta borrosa encorvada sobre una mesa de madera de pino. Un cabello largo y ondulado baila en el aire al son de la brisa marina, mientras una lágrima sacrílega hace un borrón de tinta sobre el papel envejecido que descubre sus sueños.

21 abril 2008

Herencia de súplicas

Cómo quisiera decirte que los sueños no se hicieron pesadillas aquella noche de verano. Cómo quisiera agarrarme a las arenas del tiempo y que dejaran de sonar las goteras en mi ventana. Pero hace tiempo que las olas se vuelven cada vez más grandes y que el viento de la noche enfría los huesos cuanto más me acerco a la orilla.

Sí. Estoy aquí. Y las nubes me recuerdan que un día las miré rogando esto. Pero yo no sabía que la calma se pagaba con silencios y con tardes de domingo sin abrigo. Yo no sabía que la noche se convierte en gigante cuando uno la mira a los ojos. Ni podía imaginarme que en mitad del vacío podían escucharse las gritos del pasado.

Y sí. Aquí estoy. Con el pelo haciendo ondas sobre este aire marino, mientras el púrpura plomizo de este cielo tan mío se mete por cada uno de los rincones de mi alma para teñir de lila mis pensamientos.

Aquí estoy ahora. Donde aquel fantasma pronosticó un día que me vería, pero sin la melodía de su voz en mis oídos. Conformándome con el repiquetear de sus cadenas sobre las rocas de nuestra playa. Conformándome con vivir lo que pedía, porque el destino me prohibió vivir lo que soñaba.

Y cómo quisiera decirte que los sueños no se hicieron pesadillas aquella noche de verano, pero lo cierto es que el despertar me escupió a la cara la condena de la memoria. Y en la memoria naufragarán por siempre las ansias de mi alma.

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