Entre dos enormes peñascos de lava negra y sobre un lecho de fina arena volcánica, se alzaba firmemente la casita del mar. Sus paredes estaban hechas de fuertes rocas oscuras, en las que se abrían tres pequeños ventanucos y una puerta de madera. El techo, también de piedra, estaba recubierto por millones de conchas de lapas, mejillones y burgados, entre los que, a duras penas, se abría paso una pequeña y humeante chimenea. De noche, sólo el brillo en los cristales de una hoguera parpadeante hacía imaginar la vida en aquella cala solitaria. De día, el sol se reflejaba sobre las conchas del tejado, haciéndolo brillar tan deslumbrantemente que desde lejos parecía estar hecho de oro. En su interior, a la luz de una vela, se refleja en las paredes una silueta borrosa encorvada sobre una mesa de madera de pino. Un cabello largo y ondulado baila en el aire al son de la brisa marina, mientras una lágrima sacrílega hace un borrón de tinta sobre el papel envejecido que descubre sus sueños.

14 abril 2008

Añoranza

Comida para uno. Un plato, un tenedor, un yogur, una cuchara, una cerveza. Y Alanis Morrisette con una mano en el bolsillo y con la otra agitando un cigarrillo con descaro. Y la mente que se escapa por mi ventana y corre hasta la tuya, la de ayer, la que fue de dos. Y tus ojos enormes mirando la lámina en blanco, el carboncillo bailando en trazos de ensoñaciones, y los míos perdidos en musarañas mientras podían haberte estado mirando. Y comida para dos. ¿O era para tres? Dos platos, dos tenedores, una fuente enorme, dos yogures, dos plátanos, dos copitas de vino tinto. Y la siesta acurrucados mientras Triana se enamora de una gitana de ojos negros. Y no pensar demasiado porque el que no sufre no piensa. Y regresa mi mente y se despierta y me mira y se calla, porque es mejor no hablar para no convertir en reales los sentimientos. Ya llegará el mañana a asesinar esta añoranza.

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