Entre dos enormes peñascos de lava negra y sobre un lecho de fina arena volcánica, se alzaba firmemente la casita del mar. Sus paredes estaban hechas de fuertes rocas oscuras, en las que se abrían tres pequeños ventanucos y una puerta de madera. El techo, también de piedra, estaba recubierto por millones de conchas de lapas, mejillones y burgados, entre los que, a duras penas, se abría paso una pequeña y humeante chimenea. De noche, sólo el brillo en los cristales de una hoguera parpadeante hacía imaginar la vida en aquella cala solitaria. De día, el sol se reflejaba sobre las conchas del tejado, haciéndolo brillar tan deslumbrantemente que desde lejos parecía estar hecho de oro. En su interior, a la luz de una vela, se refleja en las paredes una silueta borrosa encorvada sobre una mesa de madera de pino. Un cabello largo y ondulado baila en el aire al son de la brisa marina, mientras una lágrima sacrílega hace un borrón de tinta sobre el papel envejecido que descubre sus sueños.

11 marzo 2008

Amigo torbellino

¿Cómo explicarle al torbellino que fuera de las fronteras de sí mismo existe un inmenso mar de sueños? Sería imposible que lo entendiese, porque el torbellino se arrastra a sí mismo a las profundidades de la oscuridad. Porque el torbellino está tan atrapado en el círculo vicioso de sus pensamientos cíclicos que la luz no llega a las profundidades de su alma.

Por eso quiero huir de ti, pequeño torbellino. Por eso no sé cómo decirte que prefiero el vaivén de las tormentas, el silbido del viento huracanado, el estruendo de los truenos o el frío intenso de las heladas, que caer en el vacío negro y desquiciante de tu viaje sin retorno.

Por eso intento que no me atrapes. Porque caer en tu guarida significaría vivir sufriendo, a la caza de fantasmas invisibles y silenciosos cuya presencia, tan sólo intuida, produce mil veces más miedo que los monstruos de la realidad.

Por eso no quiero. No. No quiero morir asfixiada por la agonía de tus giros. No quiero morir ahogada en las profundidades de tu pozo oscuro.

Por eso yo nado a pecho descubierto. Por eso me quedo en mi balsa de madera respirando la brisa de este mar inmenso. Por eso, amigo torbellino, aquí me quedo, quemándome con este sol sincero, aguardando lluvias, tempestades, truenos y hielos. Porque prefiero el dolor del mundo, a esconderme en un agujero.

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