Entre dos enormes peñascos de lava negra y sobre un lecho de fina arena volcánica, se alzaba firmemente la casita del mar. Sus paredes estaban hechas de fuertes rocas oscuras, en las que se abrían tres pequeños ventanucos y una puerta de madera. El techo, también de piedra, estaba recubierto por millones de conchas de lapas, mejillones y burgados, entre los que, a duras penas, se abría paso una pequeña y humeante chimenea. De noche, sólo el brillo en los cristales de una hoguera parpadeante hacía imaginar la vida en aquella cala solitaria. De día, el sol se reflejaba sobre las conchas del tejado, haciéndolo brillar tan deslumbrantemente que desde lejos parecía estar hecho de oro. En su interior, a la luz de una vela, se refleja en las paredes una silueta borrosa encorvada sobre una mesa de madera de pino. Un cabello largo y ondulado baila en el aire al son de la brisa marina, mientras una lágrima sacrílega hace un borrón de tinta sobre el papel envejecido que descubre sus sueños.

17 febrero 2008

Foto fija (2) - Las imágenes más amargas del álbum

La barra americana de la cocina, un pequeño y pesado taburete gris, una mandíbula apretada de rabia sin contención, ojos de fuego y, luego… el blanco, el rojo, el negro, el dolor, la humillación. Esa fue la primera.

En grande. Paredes blancas rematadas con losas marrones a ras de un suelo también marrón. Las patas negras de la cama sobresaliendo bajo las faldas del edredón blanco y rosa. Unas botas militares cerca, muy cerca, demasiado cerca. Las rodillas encogidas en el pecho y una lluvia intensa en la mirada suplicando perdón. Y la punzada en la barriga. Y rogarle a dios no despertar.

En una esquina escondida. Los peldaños paralelos de una escalera de metal oscuro. Los pies descalzos que se mueven sin andar. El pelo largo cayendo a mechones entre los dedos. Un grito amargo, sabor a sal, el gris del suelo frente a los ojos y una gota escarlata humedeciendo la realidad.

En sepia, roída por el tiempo. Un pasillo al amanecer, ella doblada sobre sí misma, con los ojos a punto de estallar. Las manos de él sobre su cabeza, tirando con fuerza de su cabello. La niebla en la mirada incrédula y desvalida. Y unas manos pequeñas alzadas al aire. ¡Para, papá! Allí empezó todo.

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