Entre dos enormes peñascos de lava negra y sobre un lecho de fina arena volcánica, se alzaba firmemente la casita del mar. Sus paredes estaban hechas de fuertes rocas oscuras, en las que se abrían tres pequeños ventanucos y una puerta de madera. El techo, también de piedra, estaba recubierto por millones de conchas de lapas, mejillones y burgados, entre los que, a duras penas, se abría paso una pequeña y humeante chimenea. De noche, sólo el brillo en los cristales de una hoguera parpadeante hacía imaginar la vida en aquella cala solitaria. De día, el sol se reflejaba sobre las conchas del tejado, haciéndolo brillar tan deslumbrantemente que desde lejos parecía estar hecho de oro. En su interior, a la luz de una vela, se refleja en las paredes una silueta borrosa encorvada sobre una mesa de madera de pino. Un cabello largo y ondulado baila en el aire al son de la brisa marina, mientras una lágrima sacrílega hace un borrón de tinta sobre el papel envejecido que descubre sus sueños.

20 noviembre 2006

Mi charco mágico...

Como buena bruja que soy, cuando quiero ver el pasado, el presente y el futuro, sólo tengo que decir un hechizo y mirar en los charcos de mi playa encantada... Hoy simplemente quise hacer un repaso por los recuerdos y sueños de la mortal que un día fui...


12 noviembre 2006

¡Quiero volar!

Me encantan los aeropuertos. Supongo que suena extraño, la mayoría de la gente odia los aeropuertos y los aviones. Probablemente sea por el miedo a volar: la gente llega a los aeropuertos estresada y agobiada y por eso está de mal humor. No es mi caso. A mí me relajan los aeropuertos, pasear por ellos, mirar sus tiendas dutty free siempre tan bonitas, llenas de objetos curiosos. Me encanta el ambiente, su olor mezcla de detergente, plástico y papel. Me encanta mirar los libros a la venta en los kioscos de aeropuerto. Y me encanta hacerlo sola.

Me gusta llegar con tiempo, facturar las maletas con tranquilidad, cruzar el control policial y tomarme mi tiempo para pasear por él, entrar en las tiendas, curiosear todos los objetos, leer las sinopsis de los libros - siempre acabo comprándome alguno -.

Luego me siento en una confortable cafetería y pido una cocacola, un café o una cerveza (depende del día y de la euforia que me invada), tal vez algo para picar... y me relajo leyendo mi, a menudo, nueva adquisición literaria, mientras escucho mi música para los viajes en el mp3. Dejo correr el tiempo con tranquilidad, con una oreja puesta en mi música y lo otra en las llamadas por el altavoz.

A veces cierro el libro un rato y me entretengo observando a los viajeros: familias con niños que tratan de mantenerlos a todos bajo control al tiempo que están pendientes de la megafonía, buscan la puerta de embarque y vigilan las maletas; un equipo de baloncesto femenino camina con desgana, todas vestidas con el mismo chándal y la misma camiseta, siguiendo los pasos del entrenador, que se gira cada cinco segundos para comprobar que así es; empresarios enchaquetados con el maletín del ordenador portátil en una mano (sustituyendo al ya desfasado portafolios tradicional) y el asa de sus pequeñas maletas con ruedas, aptas para viajes de negocio rápidos, en la otra mano...

Así suelo pasar los minutos y las horas, esperando sin prisas el anuncio de mi vuelo. Normalmente no me levanto de mi relajante refugio hasta que no dicen eso de "última llamada" porque la experiencia me ha demostrado que hasta la segunda "última llamada" no se ha empezado a disolver la cola en la puerta de embarque. Así que cuando la escucho por primera vez me empiezo a levantar, guardo con cuidado todas mis pertenencias, teniendo cuidado de dejar lo más a mano posible el DNI y la tarjeta de embarque. Entonces me encamino hacia la puerta correspondiente, disfrutando de los últimos minutos en el lugar, respirando su olor por última vez antes de embarcar.

Cuando llego a la puerta ya suena el segundo aviso y la fila de entrada al avión está casi totalmente despejada, con sólo dos o tres pasajeros por entrar. Me encanta mirar a las azafatas de tierra, que te piden la tarjeta de embarque, siempre tan sonrientes y tan bien peinadas y maquilladas; así como las de vuelo, tan altas y elegantes, con sus uniformes de azafatas tan bien planchados. El nuevo uniforme de Air Europa es chulísimo, pueden llevar falda o pantalón vaquero, chaqueta vaquera con el logotipo de la compañía y jersey azul si lo prefieren, la camisa o camiseta es a rayitas blancas rojas y azules para las chicas y blancas y abotonadas para los chicos; ellas además llevan a veces un pañuelito azul y rojo anudado en el cuello y siempre van perfectamente conjuntadas con los complementos, pendientes, pulseras, pasadores del pelo... Se cuida hasta el más mínimo detalle.

Lo que no sabe mucha gente es que es así porque la compañía se encarga de ello expresamente. Los trabajadores de Air Europa, sobre todo las trabajadoras, reciben, junto con la copia de su contrato, todo lo que necesitan ponerse en su puesto de trabajo. Pero, no sólo las prendas de vestir: el uniforme incluye todos los enseres antes mencionados y más aún: pulseras, pendientes, coleteros, pasadores, zapatos y hasta las medias... Sí, yo también aluciné cuando los supe. Desde entonces les miro con más detenimiento aún que antes, para comprobar las similitudes en los atuendos de unas y otras.

Una vez en el avión siempre encuentro mi asiento rápidamente, ya que, como he esperado hasta el último instante para entrar, la mayoría de la gente está ya sentada y no hay atasco en el pasillo. Siempre viajo con asiento de ventanilla, al menos siempre que puedo. Suelo especificarlo con la reserva para no tener problemas y que me lo guarden siempre que la compañía lo permite - Spanair es la reina en ese tipo de detalles -. A veces incluso tengo suerte y el avión va lo bastante vacío (cosa que sé con bastante acierto al entrar de las últimas en él) para encontrar filas con tres asientos libres. Entonces paso de mi asiento y ocupo esos que no van a ser para ningún otro cliente porque ya han entrado todos. Otras veces he tenido más suerte aún y me he encontrado con que era la fila de mi propio asiento la que dejaba libre los otros dos.

Es estupendo en esos casos porque puedes levantar los reposabrazos centrales y estirarte a todo lo largo de las tres plazas. Mucha gente no lo sabe pero te dejan hacerlo incluso antes de despegar el avión. Yo suelo pedir una mantita y una almohada, me quito los zapatos (cosa que es muy sana porque los pies en los aviones se hinchan y sacar los zapatos previene el síndrome de la clase turista), levanto los reposabrazos y me tumbo a todo lo largo. Entonces, estiro el cinturón al máximo y me lo abrocho de manera que queda lo suficientemente largo para poder estar tumbada y moverte con libertad, sin que la azafata me llame la atención por no llevarlo.

El momento del despegue es otro de mis momentos favoritos en los viajes. Con la música puesta a todo volumen, me suelo tumbar de lado para mirar por la ventana mientras el avión se eleva. En ese momento siento como la propulsión me empuja hacia abajo y me deja, más que pegada al asiento, sumergida en él. La cabeza empieza a notar la presión y el corazón se acelera levemente, lo que mezclado con el sonido de mis canciones consigue un efecto místico de estar accediendo a otro plano de conciencia misterioso y placentero. Entonces me relajo y disfruto de las sensaciones, la música y los recuerdos haciendo un torbellino en mi interior. No creo que un chute de heroína ni una calada de marihuana consigan un efecto tan profundo.

En ese momento suelen aparecer millones de imágenes en mi mente, escenas del pasado, rostros de personas a las que, en la mayoría de los casos, he dejado en el camino en contra de mi voluntad y mis deseos; momentos vividos, recuerdos de otros viajes en los que alguien especial me acompañaba o me esperaba en mi destino. Son instantes en los que una extrañamente apacible y feliz melancolía se apodera de mí y me acompaña durante varios minutos; a veces incluso durante todo el viaje.

Influida por esa sensación de misticismo, una vez en los aires, a menudo imagino que el avión se vuelve de cristal, o desaparece incluso, y allí me quedo yo, flotando a nueve mil metros de altura, rodeada por las nubes, al abrigo del sol y el azul del cielo; o al de las estrellas cuando viajo de noche. Otras veces, sin embargo, me veo a mí misma saltando desde mi asiento y cayendo en picado hacia el mar, en un salto del ángel tan perfecto como imaginario, que concluye con mi cuerpo sumergiéndose mansamente en el mar, que me abraza cálido y en calma.

Así suelo pasar la mayor parte de mi estancia en las alturas, sumergida en ensoñaciones imposibles y mágicas. Aunque, aún así, siempre tengo unos minutos para degustar un buen sandwich (que últimamente tengo que llevarme de casa a causa de esa dichosa manía de las compañías aéreas de ya no servir comida en los vuelos a no ser los insípidos bocadillos por los que te cobran un riñón) y hasta echarme una siestita.

Cuando intuyo (y digo intuyo porque nunca llevo reloj más que el del móvil que tiene que permanecer apagado, con lo que me es imposible saber con certeza cuanto tiempo llevamos en el aire) que estamos cerca de aterrizar, me levanto y me dirijo al baño con mi neceser. Allí me lavo la cara y los dientes, me pongo crema, me maquillo y me perfumo convenientemente para estar perfecta al bajarme del avión. Es otro de mis momentos especiales el de prepararme para llegar a mi destino, el de sentirme limpia y guapa cuando salga por la puerta de llegadas, incluso cuando sé que no hay nadie esperando al otro lado.

Suelo acertar y el mensaje de aproximamiento al aeropuerto y la señal luminosa para abrocharnos los cinturones me suele pillar en mi última fase de acicalamiento en el baño. Entonces cierro mi neceser y me dirijo tambaleante a mi asiento, me abrocho el cinturón, esta vez ya sentada, y me dispongo a disfrutar de las vistas.

Cuando viajo a un sitio nuevo trato de llenarme los ojos con los paisajes aéreos, trato de grabarlos en mi memoria para luego intentar reconocerlos desde el suelo. Sin embargo, no hay nada más emocionante que viajar a un lugar conocido y reconocer en el descenso los espacios que nos pertenecen, sobre todo si el viaje es a mi tierra. Entonces, disfruto de la emoción de ver al Teide nacer majestuoso de entre las nubes, como si creciera sobre ellas en el mismísimo cielo. Luego aparecen los montes de Anaga, verdes e imponentes, y los grandes acantilados sobre el mar desafiando al equilibrio y al universo. Después disfruto de reconocer las calles de Santa Cruz y La Laguna, los edificios de los amigos, mis viejas moradas cargadas de recuerdos. Todo dura unos instantes pero impresiona durante horas.

El aterrizaje suele ser menos placentero que el despegue, al menos para mí. No sólo porque no es tan suave y armonioso, sino también porque se termina el disfrute de la plenitud del cielo. Lo que sigue suele ser más bien engorroso: llegar hasta la sala de recogida de equipajes, pelearme con un carro para conseguir despegarlo del resto de carros de la fila, a los que más que emparejado parece estar atornillado; esperar una eternidad a que mis maletas se dignen a aparecer (da igual que las facture las primeras, las últimas o en medio, o que sean maletas grandes, pequeñas o medianas: las mías sieeeempre salen la últimas), con el nudo en el estómago y el runrun en la cabeza - "y si esta vez sí me las han extraviado" - (lo cierto es que nunca me ha pasado, pero sé que algún día será el día y lo espero con angustia).

Cuando por fin aparecen mis maletas, la agarro firmemente, las coloco sobre el carro y me dirijo a la salida, expectante y atenta a lo que me espera al otro lado; pero, sobre todo, ansiosa por volver de nuevo a sentir el olor del aeropuerto, la paz de sus pasillos, el asombro de sus tiendecitas, la curiosidad de sus libros y el relax y la ilusión de volver a volar sea cual sea mi destino.

07 noviembre 2006

Necesito relajarme. Tolete está empezando a alterar mis nervios poderosamente. Hoy me ha estado vigilando por el rabillo del ojo. La vi cómo se descolgaba aferrada a un hilo de su tela de araña y se colocaba detrás de mi nuca para observarme fijamente.

Quiere mantenerme a raya, lo sé. Busca mantenerme lo suficientmente atemorizada para que no me atreva a ir en su contra, pero al mismo tiempo me necesita, necesita que no decida matarla o expulsarla de mi casa, peus sin mí no podría subsistir.

Es bueno saberlo, es bueno saber que me necesita porque eso me da cierto margen de autoridad. Pero, de momento es ella quien manda y no he podido evitar demostrárselo. Cuando la vi observándome detrás de mi nuca debí darle un manotazo de advertnecia, enseñarle que soy yo quien lleva las riendas. Pero no lo hice y eso la hace sentir más fuerte.

No lo puedo evitar. Su respiración me paraliza de los pies a la cabeza... Cuando estuve segura de estar a salvo tuve que salir de casa. Andé por la arena, nadé un poco, me tumbé al abrigo del sol. Pero, aún no consigo quitarme la tensión del estómago.

He decidido irme unos días. Tengo que resolver unos asuntos en el mundo de los hombres y voy a aprovechar el fin de semana para hacerlo. Así desconecto de Tolete unos días y le hago sufir mi ausencia.

No es que me agrade hacerlo, primero porque el mundo de los hombres logra alterarme más aún que Tolete y, segundo, porque temo la reacción del bicho cuando regrese a casa el próximo miércoles. Sé que le enfurecerá pasar cinco días totalmente sola y que va a buscar el modo de hacérmelo pagar cuando regrese. Pero bueno, quizás haga falta tensar un poco la cuerda a ver si logro arrebatarle el bastón de mando.

02 noviembre 2006

Ya ha asomado el hocico...

Al fin ha tomado forma. Llevaba tiempo esperando saber en qué se transformaría aquel huevo dorado que llegó hasta mi cala unos meses atrás. Era grande y brillante cuando el mar lo arrastró a la orilla. Tenía pinta de ser la casita prenatal de algún precioso ser.

Cuando llegó estaba a punto de romperse, pero como no sabía si se trataba de un futuro retoño de mar o de tierra no sabía muy bien como debía cuidarlo. Aún así me propuse hacerlo. Lo lleve hasta mi casita de piedra volcánica, le limpié la arena con mimo e hice un lecho con mantas junto a la chimenéa para calentarlo a modo de incuvadora.

Entonces me pasé horas frente a él observándolo. Tratando de percibir el más mínimo movimiento en su interior, la más leve transformación en estructura. Pasaron horas antes de que algo ocurriera. Me inquietaba la incertidumbre de saber si estaba haciendo lo correcto, temerosa de asfixiarlo entre las mantas o cocinarlo con la cercanía de la hoguera.

Finalmente me acerqué hasta él y coloqué mi oreja sobre su superficie rugosa y extraña. Presté mucha atención durante varios minutos buscando algún resquicio de vida en su interior. Hasta que al fin se presentó, un leve suspiro resonó dentro del cascarón. Era como un suspiro perruno, claro que los perros no son ovíparos, así que no podía ser...

Me quedé intrigada, no lo niego, pero a pesar de todo me tranquilizó aquel resoplido casi mudo en su interior. Si respiraba estaba bien.

Cuando llegó la noche cogí el huevito dorado y me lo llevé a mi habitación. Lo coloqué sobre un cojín muy mullido y lo envolví con varias mantas para que no perdiera el calor.

Así estuve durante varios días, con el huevo para un lado y para otro, dándole calor, mimándolo, al final hasta le hablaba y le contaba cosas como hacen los padres en las barriguitas de las madres embarazadas. Trataba de imaginarme cómo sería, qué tipo de animalillo sería, pensaba en un gorrión, pero el huevo era demasiado grande; pensaba en una paloma, pero no recordaba que sus huevos fueran dorados... Imaginaba mil animalillos inventados.

Hasta que al fin un día, mientras yacía reposado sobre un gran almohadón frente a la chimenea vi como empezaba a romperse el cascarón. Me acerqué ilusionada a presenciar el espectáculo. El huevo se fue resquebrajando poco a poco y algo se movía desde el interior.

Pasaron varios minutos hasta que, al fin, vi como asomaba algo a través de los trocitos rotos del huevo dorado. Primero me pareció que era un pico, un pico negro lleno de pelitos que picoteaba las paredes de su encubadora particular para abrirse paso en el mundo y dar esperanza y compañía a mis solitario reposo. Pero a medida que iba empujando se iba haciendo más y más largo. Entonces me di cuenta de que no era un pico. Parecía más bien una patita, una patita negra con pelos pequeños. Acerqué mi mano para acariciarla, pero se replegó sobre sí misma y ya no volvió a salir.

Decidí dejarlo tranquilo, darle tiempo a que naciera en libertad, sintiendo que le apoyaba en aquel gran momento. Así que me tumbé en el sofá a esperar y observar su nacimiento.
 

No sé en qué momento del proceso me quedé dormida, sólo recuerdo que por entonces tendría como mucho dos patitas fuera del cascarón. Cuando abrí los ojos entusiasmada por conocer a mi nuevo amigo, miré hacia la lumbre buscándolo con la mirada. Pero, no estaba. Sólo quedaban sobre el almohadón los trozos de huevo dorado desperdigados por todos lados. Miré por toda la habitación buscándolo, pero no lo encontraba.

Estaba a punto de darme por vencida, pensando que se habría ido del mismo modo en que llegó, sin dejarme saludarlo.

Pero, de repente escuché un crujir sobre mi cabeza. Miré al techo y allí estaba. ¡Dios mío! ¡Qué espanto! Era una enorme, peluda y negra araña gigante. Bueno, no era gigante, pero sí grande, muy grande, la más grande que había visto en mi vida. Miré horrorizada a su alrededor y descubrí cómo había construido una gran tela de araña que recubría todo el techo de mi casita y amenazaba con empezar a invadir las paredes.

Estaba empezando a oscurecer y entre los nervios y el desconcierto me costaba ver y pensar con claridad, así que traté de encender la luz para ubicarla con más presición y poder vigilar sus movimientos. Pero no sirvió de nada. La tela de araña que había trenzado era tan espesa que la luz a penas podía traspasarla para iluminar la habitación.

Había esperado ilusionada tantos días por mi nuevo compañero que el mazazo se hizo más duro de lo que ya hubiera sido de por sí encontrarme con semejante engendro. Una gran prueba para mi aracnofobia, sin duda.

Y aquí estoy, con el bicho colgado en mi techo. Ya se ha comido todos los insectos que se le han cruzado en el camino y empieza a extender peligrosamente su dominio sobre mi despensa. Mientras, yo llevo varios días acurrucada en una esquina del salón observando cada uno de sus movimientos.
He pensado mucho mientras la miraba.

El pavor inicial pareció mitigarse cuando la vi acurrucarse en el centro de su telita y dormirse tiernamente. Al fin y al cabo la había cuidado como una hija hasta que nació, pobrecilla, tampoco podía deshacerme de ella de la noche a la mañana. Pero, entonces se despertaba y la veía avalanzarse sobre los pobres grillos que se colaban por la ventana o sobre las polillas de las vigas de madera, transformándose en una bestia insensible y despiadada.

Pero, ¿qué podía hacer? Mi asco y mi miedo me impiden siquiera acercarme a ella, que más enfrentarla...

Le he puesto nombre: Tolete, porque a veces es torpe como un pato mareado y se tropieza con sus propios hilos y se cae estrepitosamente al suelo, pero otras es hábil y calculadora como un lince y mide al milímetro cada movimiento para avalanzarse sobre sus víctimas.

Así que aquí estoy, con mi araña Tolete colgada de la lámpara, sin luz y acobardada por sus ojos negros y sus patas peludas. Ha acorralado mi despensa y se aproxima peligrosamente a mi nevera de gas. Pero ya he tomado una determinación, o se deja adiestrar o nos acabaremos matando y, al fin y al cabo, la casa es mía y tengo insecticidas. Si me atrevo a moverme puede salir perdiendo, pero si me pilla desprevenida quién sabe lo potente que puede llegar a ser su veneno. Esto es una guerra de titanes, sin duda, sólo el tiempo dirá quién gana.